La Taquicardia

Quiero decir algo desde mi experiencia de la taquicardia.

El corazón va galopando detrás de alguien por el que no tenemos permiso, no porque no lo queramos sino por estar prohibido y por imágenes internas propias.

Cuando vamos al nivel de los movimientos del espíritu, un movimiento dirigido hacia todos en igual medida, tanto hacia aquellos con los que nos sentimos culpables como hacia aquellos que se sienten culpables con respecto a nosotros, hay una señal inequívoca, en el cuerpo, que nos dice si estamos en ese movimiento dedicado a todos por igual, a todo tal como es, o si nos defendemos de ello. Eso es un movimiento del corazón. En sintonía con ese movimiento dedicado a todos de manera igual, nuestro corazón late con calma, lento, relajado, en sintonía.

Cuando nos alejamos del movimiento del espíritu, el corazón lo percibe de inmediato. Existe una buena consciencia espiritual cuando estamos en armonía con este amor. Esto se revela en el latido del corazón. Si nos alejamos de este movimiento, por ejemplo sintiéndonos mejor que otros, o incluso tal vez secretamente deseando el mal al otro, el corazón sale de su ritmo. La taquicardia, en el sentido negativo, se convierte en el ángel que nos anuncia algo bueno, un ángel que nos dice: todo es amado de la misma manera.

¡El ángel de la revelación era un ángel con «sex apeal»! Su resultado fue una concepción…

Bert Helliger, Barcelona, II Entrenamiento Intensivo, septiembre 2009

La coacción

La coacción viene de fuera. Coaccionando, pienso y hago algo que me repugna en lo más profundo. No puedo estar en consonancia con lo que pienso y hago bajo coacción. Por eso bajo coacción no pienso realmente lo que pienso. Me adapto por el miedo al rechazo o al castigo a otro pensamiento que no procede de mí. Secretamente pienso otra cosa, pero no lo muestro.

Lo mismo vale del actuar bajo coacción. Bajo coacción actúo a contrapelo. A veces impido algo que he de hacer bajo coacción y cometo los errores correspondientes.

La coacción procede a menudo menos de fuera que de dentro. ¿Qué ejerce sobre mí la mayor coacción? El miedo a perder la pertenencia a un grupo importante para mí. Por eso, como coaccionado, lo hago todo para mantener y asegurar mi pertenencia a ese grupo.

Ese temor está interiorizado, y esa coacción también. A menudo tienen poco que ver con la realidad actual. El miedo y la coacción vienen de una imagen interior y esa imagen interior los sostiene y mantiene. Por eso los timoratos temen sobre todo sus imágenes. A menudo estás imágenes se ocultan tras la excusa de ser recuerdos. Pero no hay recuerdos, sólo hay imágenes de ellos.

¿Cómo no sustraemos a esos temores y a las coacciones unidas a ellos? Nos retiramos en todos los aspectos de nosotros mismos y nos quedamos con lo que se muestra en el instante. En cuanto algo del presente nos atemoriza y nos coacciona, comparamos lo que percibimos fuera con esas imágenes.

El modo más sencillo de hacerlo es si miramos primero nuestras imágenes interiores y luego a las personas con las que tenemos que ver en el momento. Después nos permitimos otras imágenes de ellos, por ejemplo imágenes benevolentes, y observamos qué cambia en nosotros y en ellos. Al mismo tiempo permanecemos en nosotros. Es decir que no damos a otras personas la oportunidad de hacerse de nosotros una imagen que justifique nuestras imágenes de ellos. Nos mantenemos concentrados en el asunto que se trata en el momento. Eso también las obliga a ellas a concentrarse en el asunto y, por lo tanto, en sí mismas.

Nos libramos del miedo y de esas coacciones si renunciamos a expectativas que vayan más allá de un asunto común y de lo adecuado y necesario para él. Con eso las obligamos a permanecer también en nuestro asunto común, sin plantearnos expectativas más allá de él o a poner exigencias que afectan nuestro asunto común más que fomentarlo.

De repente estamos libres unos de otros, los otros de nosotros y nosotros de los otros, sin temores ni coacciones. Somos libres de pensar lo que realmente pensamos porque nos lo reservamos para nosotros. Tampoco queremos saber lo que piensan ellos. Así podemos quedarnos con nosotros y ellos consigo. Ni nosotros hemos de tener miedo de ellos, ni ellos de nosotros. Por eso ni nosotros ejercemos una coacción sobre ellos, ni ellos sobre nosotros.

¿Cómo superamos más fácilmente, pues, el temor y la coacción ligada a él? Con pensamientos claros y con pensamientos de amor. Porque los pensamientos de amor son siempre pensamientos claros. Al mismo tiempo dejamos ir. Soltamos a los demás respetando lo propio de ellos, sin intervenir desde nosotros en lo propio de ellos. Al mismo tiempo respetamos lo nuestro propio. Lo retiramos de las expectativas y exigencias de los demás, y nos libramos así de ellos, libres del temor.

Extracto de “Pensamientos de realización”, Bert HELLINGER Ed. Rigden, 2009

La Ecuanimidad

“Ecuanimidad significa que tengo el mismo ánimo para cosas diferentes. Significa también que me es igual qué reclama mi ánimo. Me enfrento a una cosa y otra con el mismo ánimo. Por eso ni prefiero lo uno a lo otro ni me aparto de lo uno o de lo otro. Regalo a ambos el mismo ánimo. Por eso no me intranquiliza ni lo uno ni lo otro. Ante ambos me mantengo recogido del mismo modo y en consonancia con ellos.

Alcanzo esta ecuanimidad si me encaro con todo de la misma manera. Terminan aquí las diferencias y lo desigual.

Gracias a la ecuanimidad permanezco recogido de manera apacible, porque nada puede desviarme ya de esa serenidad.

La ecuanimidad es un movimiento divino, y en ella se termina toda diferencia. Ya por el mero hecho de que la diferencia se interpondría entre su movimiento de amor a todo por igual.

En la ecuanimidad nos hacemos uno del modo más amplio con ese movimiento de amor, plácidamente uno, serenamente uno, ecuánimemente uno. En la ecuanimidad somos uno con lo divino.”

Bert Hellinger

Culpables

“Sólo podemos sentirnos culpables en nuestras relaciones de dar y tomar. Nuestros sentimientos de culpa regulan esas relaciones de una manera que conduce a un equilibrio entre dar y tomar. En esa medida sirven a la vida y también al amor.

Esa culpa actúa de modo ligero como sentimiento. Pasa en cuanto tomamos lo que nos es regalado y en cuanto damos, después de haber recibido algo de otros. Lo que hemos recibido de otros no nos deja en paz, porque nos sentimos acreedores de ellos hasta que les devolvemos algo a cambio. O si no se lo podemos devolver, lo transmitimos en su sentido y en consonancia con ellos. Entonces desaparecen de inmediato nuestros sentimientos de culpa y nos sentimos ligeros y libres. Es decir, que, en todo, ambos permanecen en el amor.

¿Pero qué pasa cuando no se alcanza un equilibrio? Por ejemplo, si le hemos hecho algo a alguien por lo que está enfadado con nosotros. O si alguien nos ha hecho algo por lo que estamos enfadados con él. En este caso empieza una lucha por el poder, por el predominio sobre el otro con la idea del derecho al desquite, donde uno es mejor, porque tiene razón, y el otro peor, porque no la tiene.

Pronto ambos tienen malos pensamientos y malos sentimientos. Esos sentimientos a menudo permanecen incluso cuando el otro ya ofrece una reparación. Porque cuesta entregarse a la igualdad y al amor entre los dos.

¿Dónde está aquí la solución? ¿Estamos dispuestos a renunciar a ese sentimiento de superioridad aparejado con el sentimiento de tener razón de manera que el otro pierda su sentimiento de culpa?

¿También a la inversa, por supuesto, cuando el otro renuncia a su sentimiento de superioridad y, con él, acaso incluso a su exigencia de reparación, si está dispuesto a volver a encontrarse con nosotros de persona a persona, igual a nosotros en todo, incluso con esa culpa?

Sólo si ambos se sienten igualmente humanos, igualmente justos e injustos, dependiendo igualmente el uno del otro e igualmente dispuestos para un futuro común puede volver a empezar el amor y con él el intercambio de dar y tomar. El intercambio con aquella culpa leve que enriquece a ambos. Esta culpa une donde la otra separa.

En el Padrenuestro se describe ese proceso aplicado aquí a nosotros los humanos de igual a igual: “Perdona mi culpa como yo también perdono la tuya. Entonces ambos vuelven a ser iguales también ante Dios.”

Bert Hellinger

La sobriedad

Está sobrio aquel cuyo entendimiento no está enturbiado, así como lo podemos observar con alguien bebido. Una pasión enturbia igualmente el entendimiento, como se ve en los enamorados. La creencia en algo que, aunque imposible de comprobar, nos provoca esperanzas o nos instila miedo, también nos enturbia el entendimiento, como lo haría por ejemplo una superstición.

Quedar presentes al entendimiento nos resulta difícil. Parece que necesitamos, para quedar sanos, salir de nosotros mismos, como cada noche en los sueños. Al despertar de ellos, nos sentimos mejor y podemos nuevamente enfrentarnos a la vida.

En el fondo, cada distracción y lo que se llama pasatiempos son un descanso de la sobriedad. Tal vez, mirándolo con sobriedad, es apropiado y beneficioso renunciar a la sobriedad en momentos dados.
Conectamos la sobriedad con el entendimiento. Sin embargo, el entendimiento sólo abarca una parte de la realidad. El impulso que nos arrastra, por ejemplo en el amor entre hombre y mujer, obedece a otras leyes que las de la razón sobria y, en los resultados no sólo es mayor y más satisfactorio sino que es más verdadero.

Sin embargo, las peores aberraciones, los actos más crueles, los experimentos más extravagantes son el resultado de ideas desquiciadas contra la razón. Sobre todo porque no podemos prever ni considerar los efectos de tales comportamientos.

Surge entonces la pregunta: ¿es la razón razonable razonablemente suficiente? O ¿se vuelve realmente razonable cuando otro elemento más entra en juego, un elemento que abarca más en su percepción que la sola razón?
Un elemento que encuentra vías que, aun siendo imprevisibles, son a pesar de todo, un guía hacia el objetivo. Lo que aquí debe entrar en el juego es el alma, un alma extensa.

¿Qué significa eso? Pues, que incluso nuestras decisiones supuestamente razonables se toman bajo la influencia de la discriminación entre el bien y el mal, así como la consciencia nos lo impone. Esto ocasiona mucho daño. No obstante, habiendo cruzado el linde de la consciencia, experimentamos otra fuerza que reúne, en un nivel más elevado y más abarcador, lo que se encuentra en oposición.

Sólo aquel que percibe los movimientos de esta alma y se deja guiar por ellos, alcanza aquella sobriedad que permite percibir y reconocer a los demás y a uno mismo, sus impulsos y sus sueños, dejándoles encontrar sus límites y ocupar su sitio en el conjunto.

Bert Hellinger

Apúrate Despacio

El tiempo corre, pero corre con tiempo. Siempre tiene tiempo, lo suficiente. Nosotros también tenemos tiempo si nos acompasamos a él.

¿Por qué nos apuramos? Porque pensamos que nuestro tiempo es contado. Y por el mismo motivo, impulsamos a otros a la prisa. ¿Qué pasa, en ese momento? El tiempo se nos va, a ellos y a nosotros.

El éxito viene con el tiempo y anda con el tiempo. ¿Con qué tiempo? Con aquel tiempo que tiene tiempo.

Todo aquello que crece desde su interior, tiene tiempo. Nada es más exitoso que lo que está creciendo y a lo que se le permite crecer. Su éxito está ya diseñado, y por lo tanto llega con toda seguridad, en su momento. A veces fuerzas externas se interponen y hunden su éxito, un vendaval por ejemplo. Con eso, puede que su momento haya pasado, para siempre. Entonces empieza el tiempo para otra cosa, en el momento justo.

Nuestro éxito obedece a las leyes del tiempo. Igual que el tiempo, camina para delante. Como éxito, continúa. De la misma manera que el tiempo se hace más con el tiempo, así le pasa a nuestro éxito. Ningún tiempo mira hacia atrás. Nosotros sí, a veces, pero nunca el tiempo. Él se renueva continuamente.

¿Qué hacemos cuando el tiempo aprieta? Preguntemos: ¿quién aprieta? Alguien, tal vez nosotros, cuando opinamos que el tiempo corre en contra de nosotros, a punto de abandonarnos, de dejarnos plantados si no lo cogemos de la mano. Sin embargo, el tiempo que apremia es raramente el tiempo correcto. Además, es siempre temporal.

Y justo cuando estamos con prisas, se atrasa. El tiempo pleno es lento. Es pausado y cuidadoso.

Decimos a veces: el tiempo es dinero. ¿Qué tipo de dinero? Hablamos y actuamos desde la idea de que cuanto más corto y reducido el tiempo, tanto más grande la ganancia. Con ella se nos regala más tiempo.

No queremos de ninguna manera perder nuestros logros en economía de tiempo. Pero uno se pregunta si estos logros nos conceden más ratos. ¿Experimentamos nuestro tiempo más largo o más corto con ellos? O tal vez sentimos nuestro tiempo tan repleto que anhelamos una pausa, un tiempo de recogimiento.

En ese tiempo recogido, la prisa termina. Es el tiempo creador. En él, volvemos a nosotros mismos, independientemente de cuánto apuramos a otros y ellos a nosotros, con prisa. En el centramiento, el tiempo se inmoviliza por un momento, en el instante presente. No obstante, sigue en movimiento. En otro movimiento, que nos lleva a otro instante presente, para algo que queda. El tiempo empujador nos pasa por el lado. Así como vino se va, sin que nada permanezca de él.

Sin embargo, lo que es mucho y lo que permanece tiene junto un efecto así como lo que empuja y lo que dura. Nos detenemos recogidos cuando asentimos incluso a lo apurado, ambos en su momento.

¿Se detiene también nuestro éxito? Nuestro éxito termina cuando nosotros nos detenemos en él. Porque él quiere ir más lejos, recogido, con tiempo, sirviendo, creciendo, en sintonía con lo que queda, con optimismo, más allá del tiempo, unido a lo eternamente nuevo.

Bert Hellinger

El Dios de la Biblia: “Tú por mi”

Les cuento una historia de las sagradas escrituras, una historia espantosa. Una historia de un hombre piadoso y un hombre terrible. Gracias a Dios solo es una historia de la Biblia pero aquí pudimos ver que en muchas familias sucede exactamente lo que esta historia cuenta. La historia cuenta, ahora voy muy lejos, algo acerca de las nuevas constelaciones familiares. Ahora están muy ansiosos de saber de qué historia se trata.

Un hombre soñó en la noche que había escuchado la voz de Dios que decía: “Ponte de pie, toma a tu hijo, el único, el amado, y llévalo a la montaña que te indicaré y sacrifícamelo en el holocausto. Por la mañana el hombre se levantó, miró a su hijo, al único, al amado, miró a su mujer, la madre de la criatura, miró a su Dios, tomó al hijo, lo llevó a la montaña, construyó un altar, y tomó el puñal para sacrificar a su hijo a Dios. De pronto escuchó otra voz y a cambio de sacrificar a su hijo, sacrificó a una oveja. Más adelante siempre que los animales eran sacrificados a Dios representaban a sacrificios humanos. A ese Dios que se come a los niños.

Bueno, después de todo esto, ¿cómo mira el hijo al padre?

¿Cómo mira el padre al hijo?

¿Cómo mira la madre al padre?

¿Y cómo ese hombre a su mujer?

¿Y cómo miran ellos a Dios?

¿Y cómo mira Dios? Si es que existe, ¿cómo les mira Dios a ellos?

¿Se les hace conocido esto en la propia alma, en la propia familia? Con la mirada hacia tantos y tantos sacrificados a Dios.

Gracias a Dios hubo otro hombre que soñó en la noche. Había escuchado la voz de Dios que le decía, “Ponte de pie. Toma a tu hijo, al único, al amado. Llévalo a la montaña que te indicaré y ofrécemelo ahí en holocausto. Por la mañana el hombre se puso de pie, miró a su hijo, al único al amado. Miró a su mujer, la madre del hijo y miró a su Dios. Le hizo frente, le miró a la cara y dijo, “Yo no lo hago”.

¿Cómo mira el hijo al padre?

¿Cómo el padre al hijo?

¿Cómo la mujer al hombre?

¿Cómo el hombre a la mujer?

¿Y cómo miran a Dios?

¿Y cómo mira Dios? Si es que existe, ¿cómo les mira Dios a ellos?

Bert Hellinger

Separación temprana de la madre

La observación que he hecho es que en la mayoría de los seres humanos ha habido una separación temprana de la madre y el efecto es que después de eso la criatura se aleja de la madre. Muchas veces la criatura está llena de rabia, e interiormente se separa y ya no se acerca a la madre. Es decir, la separación no tiene nada que ver con querer o no querer. Es la consecuencia de un trauma de separación y esta vivencia tiene un efecto sobre todas las relaciones posteriores, sobre las relaciones de pareja, y también tiene consecuencias en nuestra profesión. En la configuración lo podemos observar cuando colocamos enfrentados hombre y mujer y uno de ellos o ambos se quedan detenidos, no se acercan al otro, se mantienen esperando a que el otro se acerque. Y si éste se acerca, el otro se retira. Y todo está en relación con esa separación de la madre.

Entonces se da la pregunta, ¿cómo podemos superar esa separación temprana? ¿Cómo podemos volver a retomar el movimiento hacia la madre para volver a sentir la unidad? Es un proceso muy complicado y está relacionado con un profundo temor, y si lo logramos tiene efectos sobre todas nuestras relaciones posteriores. Ahora me desvié, me perdí. Porque yo quería quedarme con las enfermedades, pero aquí pudimos ver que también tenía un papel importante. Ahora me pregunto, ¿sigo con las enfermedades o lo llevo en dirección hacia la madre? Lo segundo. ¿Ok?

Entonces voy a explicar algo con respecto a esto. Después de la separación, después de esta experiencia, cambia en nosotros la imagen que tenemos de la madre. Habíamos tenido y hecho experiencias tan bellas contenidas por ella, acariciadas por ella. La miramos a los ojos y nos encontramos felices. Y ahora pruébenlo en ustedes mismos.

Cierren los ojos.

¿Cuántas imágenes guardan de su madre? ¿Y cuáles son las emociones ligadas a estas imágenes? Según mi observación, la mayoría no tiene más que cinco imágenes de su madre. Cinco recuerdos. Todos negativos. Todos ligados a un rechazo o un reclamo. Y si ahora me imagino y si solo observo cómo las madres se ocupan de sus hijos y muchos de ustedes que tienen hijos, ¿Cuánto amor se entregó a los niños? Y lo mismo vale para el padre. ¿Y ahora solo le quedan a la criatura cinco imágenes negativas? ¿No es extraño eso? ¿Y cómo estas pocas imágenes y estas emociones envenenaron toda nuestra vida y envenenaron todas nuestras relaciones? Ok.

¿Lo comprendieron ahora? La pregunta es, ¿Cómo superamos eso?

Ahora voy a hacer un ejercicio con ustedes.

Cierren los ojos.

Ahora regresamos al tiempo antes de esa vivencia de separación, de división. Regresamos a la felicidad temprana.

Por ejemplo, regresamos al útero materno, totalmente uno con ella. Respiramos con ella. A través de su respiración, respiramos. Cuando ella exhala, también nosotros exhalamos. A través de la misma sangre, lo que siente también lo sentimos nosotros. Si está contenta tal vez nos movemos en su regazo. Y ella siente que nosotros compartimos esta alegría. Y si tiene temores también lo sentimos. En todo sentido somos con ella un corazón y un alma.

Luego nacemos. De pronto separados de ella y por primera vez respiramos por nosotros mismos. Inhalamos el aire, y nuestros ojos buscan los ojos de la madre. De inmediato la reconocemos. Le tendemos las manos y ella las toma y nos acerca al pecho. Finalmente de nuevo con ella. Nos da su pecho, nosotros tomamos y continuamos. La miramos a los ojos, protegidos y seguros en todo sentido junto con ella.

Y luego siempre está ahí presente.

Solo necesitamos gritar y de inmediato está ahí. Así vamos creciendo, jugamos con ella, ella con nosotros y nos sentimos felices ligados a ella en todos los sentidos. Y ahora nos detenemos y nos aferramos a estas imágenes hermosas. Nos llenamos de las imágenes y, mientras nos dejamos iluminar por ellas, nos sentimos felices. Las imágenes negativas se desplazan hacia el fondo y las emociones ligadas a estas imágenes también se desvanecen. De pronto nos sentimos uno con nuestra madre.

Y ahora nos imaginamos así como nos encontramos ahora, estar frente a nuestra madre a cierta distancia, la miramos a los ojos continuamente.

Y ahora con esas imágenes en el corazón y con la mirada de sus ojos, damos un pequeño paso hacia ella. Y sentimos los temores, el temor de dar ese paso. Los temores y dolores antiguos vuelven a resurgir, pero con las imágenes hermosas y felices frente a nosotros y con la mirada a sus ojos damos el primer pequeño paso hacia ella. Este paso lo logramos y esperamos.

Nuevamente enfocados en los recuerdos felices y, cuando notemos que hay suficiente fuerza en nosotros, damos el siguiente pequeño paso. Y entonces el tercer paso y el cuarto y volvemos a esperar. Ya se hizo más ligero y más fácil acercarnos a ella. Respiramos profundamente y nos alegramos del recorrido logrado de habernos acercado a ella.

Luego el siguiente paso. Cada vez se hace más fácil.

La miramos a los ojos y nos alegramos. Y ella se alegra de que finalmente nos acerquemos. Otro paso más y otro más. Ahora ya nos encontramos muy cerca, la miramos a los ojos y le decimos, “Querida mamá”. Y nos entregamos a sus brazos. De nuevo con ella. Finalmente de regreso a casa.

Y ahora sentimos lo diferente que se siente todo nuestro cuerpo, cómo nos ampliamos interiormente. Por fin de nuevo completos.

Bert Hellinger

El agradecimiento como equilibrio

Otra posibilidad de alcanzar un equilibrio entre tomar y dar es el agradecimiento. Al dar las gracias no rehúyo el dar. Aún así, a veces es la única respuesta adecuada al tomar. Por ejemplo, para una persona disminuida, o para un enfermo, o para un moribundo y, a veces, también para un enamorado. Aquí, junto con la necesidad elemental de compensación, también entra en juego aquel amor elemental que atrae y vincula a los miembros de un sistema social, comparable a la fuerza de gravedad que mantiene unidos los cuerpos en el espacio. El amor acompaña el tomar y el dar y le precede. En el tomar se expresa como gratitud. El que da las gracias, reconoce: «Tú das, independientemente de si yo en algún momento podré pagártelo, y lo tomo de ti como un regalo. Y quien acepta el agradecimiento, dice: «Tu amor y el reconocimiento de aquello que doy me valen más que todo lo demás que aún puedas hacer por mí».
Así, al dar las gracias, no sólo nos afirmamos mutuamente con aquello que nos damos, sino también con aquello que significamos el uno para el otro.

Bert Hellinger

Mamá

Querida Mamá,
Tú eres una mujer común, como lo son millones de mujeres.
Te amo por la mujer normal que eres.
Como todas las mujeres, has cometido muchos errores.
Tus errores, dado que los acepto, han hecho de mi la persona que soy ahora.
¿Qué sería de mí sin tus errores? ¡Cuán pobre sería, sin fuerzas!
Te amo así como eres, una mujer común.
Te llevo así en mi corazón y así te amo.
Para mi eres la mejor.
Ahora te regalo algo, algo especial:
Te libero de mis expectativas que superan lo que se puede pretender de una mujer común.
He recibido todo lo que necesitaba y es suficiente así para mi.
Tú puedes seguir siendo así como eres.
Yo también sigo siendo así como soy.
Yo también soy una persona común como tú.
Estamos así, tú y yo unidos en el amor.

Bert Hellinger