Cuando repetir se siente más seguro que cambiar

Hay cosas que sabemos que no nos hacen bien y, aun así, volvemos a ellas.

Elegimos una pareja parecida a la anterior. Nos metemos otra vez en un trabajo que nos agota. Repetimos la misma discusión. Postergamos justo esa decisión que podría cambiar algo importante.

Y después nos preguntamos:

“¿Por qué hago siempre lo mismo?”

La respuesta no siempre tiene que ver con falta de voluntad.

A veces repetimos porque lo conocido, aunque duela, se siente más seguro que lo nuevo.

Eso puede sonar extraño.

¿Cómo va a ser más seguro algo que nos hace sufrir?

Porque seguro no siempre significa bueno.

A veces significa simplemente familiar.

Lo conocido tiene una fuerza enorme

Aprendemos muy temprano cómo son los vínculos.

Cómo se ama.

Cómo se discute.

Qué pasa cuando alguien se enoja.

Quién cede.

Quién manda.

Quién sostiene a quién.

Qué se hace con el dinero.

Qué lugar ocupa el trabajo.

Qué tan permitido está disfrutar.

Todo eso se va volviendo paisaje.

No pensamos demasiado en ello. Es “como son las cosas”.

Después crecemos y empezamos a elegir.

O creemos que elegimos.

Y muchas veces descubrimos que aquello que nos atrae, aquello que toleramos o incluso aquello que rechazamos con más fuerza tiene bastante relación con lo que conocemos de antes.

Una persona que creció en un ambiente donde el amor estaba mezclado con distancia emocional puede sentirse extrañamente incómoda frente a alguien disponible.

No porque no quiera una relación sana.

Porque quizá no sepa qué hacer con tanta tranquilidad.

Alguien que creció en una familia donde todo se conseguía con esfuerzo puede desconfiar cuando algo llega con facilidad.

“Seguro que algo raro hay.”

Y cuando no aparece ningún problema, a veces terminamos fabricando uno. Somos bastante creativos para eso.

Lo nuevo puede ser deseable y, al mismo tiempo, profundamente desconcertante.

Repetir también puede ser una forma de pertenecer

Desde la mirada de las Constelaciones Familiares, algunas repeticiones pueden entenderse como movimientos de fidelidad hacia el sistema familiar.

No porque alguien decida conscientemente copiar el destino de otro.

No suele funcionar así.

Puede parecerse más a una sensación interna de:

“Yo soy uno de ustedes.”

Y, a veces, pertenecer se confunde con parecerse.

Si en mi familia las parejas fueron conflictivas, construir una relación tranquila puede sentirse raro.

Si todos vivieron preocupados por el dinero, prosperar puede despertar culpa.

Si los hombres de la familia trabajaron hasta agotarse, descansar puede parecer pereza.

Si las mujeres aprendieron a sostener a todo el mundo, poner límites puede sentirse egoísta.

Entonces repetimos cosas que incluso juramos que jamás repetiríamos.

Y ahí suele aparecer una de esas ironías poco graciosas de la vida.

La persona que dice:

“Yo nunca voy a ser como mi padre”

puede pasar años organizando su vida alrededor de no parecerse a él.

Pero sigue girando alrededor de él.

Repetir y hacer exactamente lo contrario pueden ser dos maneras distintas de continuar atados a la misma historia.

Cambiar de verdad requiere otra cosa.

Poder mirar hacia atrás sin necesidad de copiar ni combatir.

Decir:

“Esto fue así.”

“Los veo.”

“Los respeto.”

“Y yo puedo hacerlo de otra manera.”

Parece sencillo escrito en una página.

En la vida real puede llevar bastante más trabajo.

Porque lo nuevo no trae garantías.

Cambiar también significa tolerar no saber

Hay un momento incómodo cuando dejamos un patrón conocido.

Todavía no sabemos vivir de otra manera.

Si una persona siempre resolvió todo sola y empieza a pedir ayuda, al principio puede sentirse torpe.

Si alguien acostumbrado a relaciones intensas encuentra una pareja tranquila, quizás confunda paz con aburrimiento.

Si toda la vida trabajamos bajo presión, un ritmo más sano puede producir una sensación extraña de improductividad.

Incluso podemos extrañar aquello que nos hacía daño.

Eso no significa que debamos volver.

Significa que nuestro sistema interno reconoce lo conocido antes que lo saludable.

Cambiar implica atravesar durante un tiempo una zona donde lo viejo ya no sirve y lo nuevo todavía no se siente propio.

Y ahí aparece una tentación bastante humana:

volver a lo anterior.

No porque sea mejor.

Porque sabemos cómo funciona.

Las Constelaciones Familiares pueden ofrecer una forma de mirar esas repeticiones sin convertirlas automáticamente en culpa o defecto personal.

La pregunta deja de ser solamente:

“¿Qué me pasa que vuelvo a hacer esto?”

Y puede transformarse en:

“¿Qué estoy intentando conservar?”

Quizás una pertenencia.

Quizás una imagen de amor.

Quizás una manera de ser fiel.

Quizás simplemente una forma de vida que conocemos desde siempre.

Entonces podemos empezar a distinguir.

Esto pertenece a mi historia.

Esto aprendí.

Esto respeto.

Y esto ya no necesito repetirlo.

No hace falta rechazar a nuestra familia para vivir diferente.

Tampoco necesitamos demostrar que ellos estaban equivocados.

Podemos reconocer que hicieron lo que pudieron con las herramientas y las circunstancias que tenían.

Y nosotros tenemos otras.

Quizás el movimiento interior pueda ser algo así:

“Queridos padres, queridos antepasados, tomo de ustedes la vida.”

“Honro lo que vivieron.”

“No necesito repetir su destino para pertenecer.”

“Ahora voy a descubrir cuál es mi manera.”

Cambiar puede dar miedo.

Lo conocido siempre tiene una ventaja: ya sabemos cómo termina.

Lo nuevo no.

Pero llega un momento en que la seguridad de repetir empieza a costarnos demasiado.

Y ahí quizá podamos hacer algo distinto.

No algo enorme.

No convertirnos en otra persona de un día para otro.

Sólo dar un paso que antes no dábamos.

Elegir una conversación diferente.

Aceptar ayuda.

Quedarnos en una relación tranquila sin salir corriendo.

Cobrar lo que nuestro trabajo vale.

Descansar sin justificarnos.

Decir que no.

Decir que sí.

Y observar qué pasa.

A veces la libertad no empieza cuando dejamos atrás nuestra historia.

Empieza cuando podemos mirarla, agradecer lo recibido y permitirnos no repetirla.

Ser más feliz que nuestros padres: cuando crecer se siente como traicionar

Hay personas que desean avanzar y, al mismo tiempo, algo dentro de ellas parece frenarlas.

Quieren ganar más dinero, pero cuando empiezan a prosperar aparece culpa.

Quieren construir una pareja diferente, pero terminan repitiendo relaciones parecidas a las que vieron en su familia.

Quieren disfrutar, viajar, estudiar, cambiar de trabajo o vivir con mayor libertad, pero cuando están cerca de conseguirlo surge una incomodidad difícil de explicar.

Como si estar demasiado bien fuera peligroso.

Como si crecer tuviera un precio.

Desde una mirada sistémica, a veces detrás de ese movimiento puede haber una fidelidad muy profunda hacia quienes vinieron antes.

Una fidelidad que podría resumirse así:

“Si vos no pudiste, yo tampoco.”

La pertenencia es más fuerte de lo que imaginamos

Necesitamos pertenecer.

Desde pequeños aprendemos qué cosas nos acercan a nuestra familia y cuáles podrían alejarnos de ella.

No se trata necesariamente de mensajes explícitos.

Muchas veces nadie dijo:

“No seas más exitoso que nosotros.”

“No tengas una pareja mejor.”

“No vivas una vida más fácil.”

Y, sin embargo, podemos sentirlo.

Un hijo que creció viendo a sus padres trabajar sin descanso puede experimentar culpa cuando comienza a ganar dinero con menos esfuerzo.

Una hija cuya madre permaneció durante años en una relación difícil puede sentirse extrañamente incómoda cuando encuentra una pareja amorosa y estable.

Alguien cuyos padres no pudieron estudiar puede llegar muy lejos académicamente y, justo cuando empieza a destacarse, comenzar a sabotear sus propios logros.

No porque conscientemente quiera fracasar.

Sino porque, en algún nivel interior, diferenciarse puede sentirse como alejarse.

Y alejarse puede sentirse como dejar de pertenecer.

“No quiero ser más que ustedes”

Existe una forma silenciosa de amor que intenta igualarnos con quienes amamos.

Si ellos sufrieron, sufrir también.

Si tuvieron dificultades económicas, no permitirse prosperar demasiado.

Si renunciaron a sus sueños, abandonar los propios.

Si estuvieron solos, elegir vínculos que finalmente también nos dejan solos.

Desde el trabajo sistémico, este movimiento puede entenderse como una lealtad.

No una lealtad racional.

Una lealtad afectiva.

Algo parecido a decir:

“No voy a tener más que vos.”

“No voy a ser más feliz que vos.”

“Si vos tuviste que renunciar, yo también.”

El problema es que repetir un destino difícil no modifica lo que ocurrió antes.

El sufrimiento de un hijo no repara el sufrimiento de sus padres.

La pobreza de una generación posterior no devuelve nada a quienes tuvieron poco.

Una relación infeliz no honra una relación infeliz anterior.

Solo agrega más sufrimiento.

Cuando el éxito genera culpa

La culpa no siempre aparece después de hacer algo incorrecto.

También puede aparecer cuando hacemos algo diferente.

Cuando elegimos una vida que nuestra familia no conoció.

Cuando ponemos límites donde antes había sacrificio.

Cuando ganamos más.

Cuando descansamos.

Cuando dejamos una relación que nuestros padres quizás habrían soportado.

Cuando elegimos una profesión distinta.

Cuando nos mudamos.

Cuando decimos que no.

Cuando disfrutamos.

En esos momentos podemos experimentar una sensación paradójica.

La vida mejora, pero nosotros nos sentimos peor.

Entonces podemos empezar a reducirnos.

Postergamos una decisión.

Abandonamos un proyecto.

Gastamos rápidamente lo que ganamos.

Elegimos nuevamente a alguien emocionalmente inaccesible.

Nos convencemos de que todavía “no es el momento”.

No siempre existe una dinámica familiar detrás de estas conductas. Pero cuando el mismo patrón se repite una y otra vez, vale la pena preguntarse:

¿Qué podría significar para mí vivir mejor que quienes vinieron antes?

El miedo a dejar atrás

Crecer implica diferenciarse.

Y diferenciarse puede sentirse como separación.

El niño pertenece imitando.

El adulto pertenece pudiendo ser diferente.

Pero ese paso no siempre es sencillo.

A veces avanzar activa un temor profundo:

“Si sigo mi propio camino, los dejo atrás.”

Entonces aparece una confusión entre amor y destino.

Podemos amar profundamente a nuestros padres sin vivir como ellos.

Podemos honrar sus dificultades sin repetirlas.

Podemos reconocer sus renuncias sin renunciar también.

Podemos agradecer lo que recibimos y utilizarlo para llegar más lejos.

De hecho, desde una mirada sistémica, el movimiento saludable no consiste en quedarse junto a los padres mirando hacia atrás.

Consiste en recibir de ellos la vida y después mirar hacia adelante.

Tomar y continuar

Nuestros padres no comenzaron desde cero.

Ellos también recibieron una historia.

Recibieron posibilidades, limitaciones, heridas, recursos, creencias y circunstancias.

Hicieron con todo eso lo que pudieron.

Nosotros recibimos algo a través de ellos.

Y después nos toca hacer nuestra parte.

Podemos imaginarlo como una carrera de relevos.

Quienes estuvieron antes corrieron un tramo.

Llegaron hasta donde pudieron llegar.

Nos entregaron algo.

Ahora el movimiento no consiste en volver hacia atrás para correr su parte nuevamente.

Consiste en tomar el testimonio y continuar.

Tal vez podamos decir interiormente:

“Queridos padres, veo cuánto hicieron.”

“Veo también lo que no pudieron.”

“No necesito repetir sus dificultades para pertenecer.”

“Tomo la vida que recibí de ustedes y la llevo un poco más lejos.”

Ser más feliz no significa ser mejor

Aquí aparece una distinción importante.

Superar determinadas condiciones de nuestros padres no nos convierte en superiores a ellos.

Tener más dinero no significa valer más.

Construir una pareja diferente no significa haber comprendido la vida mejor.

Acceder a oportunidades que ellos no tuvieron no significa que nosotros seamos más capaces.

Muchas veces simplemente llegamos después.

Recibimos recursos que antes no existían.

Tenemos conocimientos diferentes.

Vivimos en otro contexto.

Nos apoyamos, consciente o inconscientemente, sobre todo lo que quienes estuvieron antes construyeron.

Por eso crecer no necesita llevar arrogancia.

Puede llevar gratitud.

No:

“Yo lo hice mejor que ustedes.”

Sino:

“Gracias a que ustedes llegaron hasta aquí, yo puedo continuar desde aquí.”

Esa diferencia cambia mucho.

El permiso para estar bien

A veces necesitamos concedernos algo que nadie nos prohibió explícitamente.

El permiso para estar bien.

Para tener una vida más liviana.

Para amar y ser amados.

Para prosperar.

Para disfrutar.

Para cometer errores diferentes.

Para tomar decisiones que nuestra familia nunca tomó.

Para no reproducir determinados sufrimientos.

Y quizás podamos imaginar a nuestros padres detrás.

No reteniéndonos.

Sino diciendo:

“La vida que te dimos era para que la vivieras.”

Entonces el éxito deja de ser una traición.

La felicidad deja de ser una falta de respeto.

La prosperidad deja de convertirse en culpa.

Y podemos comprender algo esencial:

no necesitamos sufrir como quienes amamos para seguir perteneciendo.

Podemos llevarlos con nosotros de otra manera.

A través del agradecimiento.

Del recuerdo.

Del respeto.

Y también haciendo algo bueno con la vida que llegó hasta nosotros.

Tal vez una de las formas más profundas de honrar a quienes estuvieron antes sea precisamente ésta:

permitir que la vida continúe.

Cuando cargamos lo que no nos corresponde

A veces creemos que amar significa ayudar, sostener, proteger o incluso sufrir por aquellos que amamos.

Y, sin embargo, desde la mirada de las Constelaciones Familiares, muchas veces aquello que hacemos por amor termina desordenándonos.

Un hijo que intenta salvar a su madre.
Una hija que se convierte en confidente de su padre.
Alguien que siente que debe reparar una injusticia ocurrida mucho antes de que naciera.
Una persona que no se permite vivir mejor que sus padres.
Un hermano que permanece atado al destino difícil de otro hermano.

Detrás de estos movimientos suele haber amor.

Pero no siempre un amor que ayuda.

El amor también necesita un orden

Bert Hellinger observó que en los sistemas familiares existen determinados órdenes que favorecen que el amor pueda fluir con mayor fuerza.

Uno de ellos tiene que ver con el lugar.

Los padres son los grandes y los hijos son los pequeños. Los primeros llegaron antes y dieron algo que los hijos nunca podrán devolver en la misma medida: la vida.

Cuando un hijo intenta hacerse cargo emocionalmente de alguno de sus padres, esta relación puede invertirse.

El pequeño intenta convertirse en grande.

Puede hacerlo de muchas maneras.

Intentando que mamá sea feliz.
Tratando de evitar que papá sufra.
Mediando entre los padres.
Ocupando el lugar de una pareja ausente.
Haciendo propia una preocupación económica que corresponde a los adultos.

El niño no piensa conscientemente: “Voy a ocupar el lugar de un adulto”.

Simplemente ama.

Y desde ese amor puede aparecer un movimiento interior parecido a:

“Yo lo haré por vos.”

O incluso:

“Prefiero sufrir yo antes que verte sufrir.”

Dentro de la lógica sistémica de las Constelaciones Familiares, este movimiento suele denominarse amor ciego.

Es amor porque nace de la pertenencia y del vínculo.

Es ciego porque no reconoce los límites ni el orden.

“Por vos”

Hay personas que llegan a la vida adulta acostumbradas a hacerse cargo de todo.

Resuelven.

Sostienen.

Ayudan.

Organizan.

Se anticipan a las necesidades de los demás.

Y muchas veces sienten una enorme dificultad para recibir.

Pedir ayuda puede resultarles incómodo. Descansar puede producirles culpa. Elegirse a sí mismos puede sentirse egoísta.

Entonces aparece una pregunta interesante:

¿A quién intenté cuidar antes de tiempo?

No es una pregunta para buscar culpables.

Tampoco significa que todo comportamiento adulto pueda explicarse por una dinámica familiar.

Es simplemente una posibilidad de observación.

Porque algunas personas aprendieron muy temprano que tenían que ser fuertes.

Quizás hubo enfermedad.

Una separación.

Una pérdida.

Dificultades económicas.

Un padre emocionalmente ausente.

Una madre sobrepasada.

O simplemente circunstancias en las que un niño interpretó que debía colaborar para que todo estuviera bien.

Y ese movimiento, que alguna vez pudo ayudarlo a pertenecer o sentirse seguro, puede continuar muchos años después.

Devolver no significa rechazar

Cuando en una Constelación Familiar aparece una carga que parece pertenecer a otra persona del sistema, el movimiento no consiste en rechazarla.

No se trata de decir:

“Este problema es tuyo, arreglate”.

Ese sería simplemente otro extremo.

El movimiento busca algo diferente.

Reconocer.

Mirar.

Respetar.

Y dejar con el otro aquello que forma parte de su destino.

Interiormente podría expresarse así:

“Te veo.”

“Veo lo que te ocurrió.”

“Honro tu destino.”

“Y dejo contigo lo que te pertenece.”

Esto requiere humildad.

Porque a veces creemos que cargar con alguien demuestra cuánto lo amamos.

Pero también puede esconder una idea mucho más profunda:

que nosotros podríamos hacerlo mejor.

Que podríamos salvarlo.

Que podríamos evitarle su destino.

Desde la perspectiva sistémica, soltar esa carga implica reconocer algo difícil:

el otro es grande para su propio destino.

Y nosotros somos pequeños frente a él.

Tomar a los padres

En el trabajo de Constelaciones Familiares aparece repetidamente otro movimiento: tomar a los padres tal como son.

No como hubiéramos querido que fueran.

No como creemos que deberían haber sido.

Tal como fueron.

Esto no significa justificar violencia, abandono, abuso o daño.

Aceptar que algo ocurrió no significa decir que estuvo bien.

Significa dejar de discutir interiormente con un hecho que ya pertenece al pasado.

Nuestros padres también recibieron una historia.

Tuvieron padres.

Y esos padres tuvieron otros padres.

Cada generación recibió determinadas posibilidades y determinados límites.

Podemos comprender esa historia sin convertirnos en responsables de repararla.

Entonces el movimiento cambia.

Ya no es:

“Tengo que solucionar lo que ustedes no pudieron.”

Puede transformarse en:

“Gracias por la vida. Lo demás lo dejo con ustedes.”

Y después:

“Ahora haré algo bueno con lo que recibí.”

Vivir también puede ser una forma de honrar

Existe una manera muy frecuente de fidelidad familiar: parecernos a quienes amamos también en aquello que les hizo daño.

Si ellos sufrieron, sentir culpa cuando nosotros estamos bien.

Si tuvieron poco, desconfiar de nuestra propia prosperidad.

Si no pudieron estudiar, desarrollar una profesión o construir una pareja satisfactoria, sentir inconscientemente que ir más lejos significa alejarnos de ellos.

Pero honrar a quienes vinieron antes no necesariamente significa repetirlos.

Quizás sea exactamente lo contrario.

Recibir lo que pudieron dar y utilizarlo para avanzar.

Imaginar a nuestros padres y antepasados detrás.

No empujándonos hacia el pasado.

Sino sosteniendo, simbólicamente, la vida que llegó hasta nosotros.

Ellos atrás.

Nosotros delante.

Y delante de nosotros, nuestro propio camino.

Entonces puede aparecer una frase diferente:

“Queridos padres, queridos ancestros: ustedes hicieron lo que pudieron con la vida que recibieron. Yo recibo la mía y ahora haré algo bueno con ella.”

Hay cargas que se alivian cuando dejamos de luchar contra ellas.

Y hay otras que empiezan a perder peso cuando comprendemos que nunca fueron nuestras.

Amar no siempre significa cargar.

A veces, amar profundamente significa mirar al otro con respeto, dejarle su destino y ocupar plenamente nuestro propio lugar.

Mi otra yo: Constelaciones Familiares en Netflix

Si vivimos algo una y otra vez puede que nosotros rompamos el círculo. Y el pasado, aunque lo olvidemos sigue afectándonos.

Así es como comienza Mi otra yo, una serie turca de 8 episodios que se emite en Netflix en la que tres amigas se reúnen cuando una de ellas tiene cáncer y ha recaído a pesar de los tratamientos alopáticos recibidos. Se embarcan en una aventura hacia el autodescubrimiento de forma voluntaria en unos casos y más forzada en el caso de Ada con una herramienta llamada “Expansión de familia de origen” que claramente es un trabajo sistémico de Constelaciones familiares.

Esta serie se basa en la búsqueda del origen espiritual de la enfermedad, los problemas o el carácter cuando nos atrapan. La protagonizan Tuba Büyüküstün, Boncuk Yılmaz y Seda Bakan que son tres amigas que viajan a un pequeño pueblo (Cunda) en Turquía para que una de ellas se recupere del cáncer, pero en ese viaje hay recorridos interiores para todos y todas con una invitación común: encontrarse y sanar su pasado.

Como dice el tráiler en su inicio: Nuestro objetivo es llegar al fondo de nuestros problemas nuestras preocupaciones y miedos y las espirales que nos atormentan.

La sanación llega cuando se conecta con la parte espiritual, se ordena el pasado liberándolo de secretos, mentiras, no dichos y miedos y se concilia el perdón más profundo con los ancestros, con uno mismo y con todo lo que se vive o se ha vivido.

Pero no todos piensan de la misma manera y cuando la razón prima y se protege bajo el paraguas de la ciencia no se puede entender como las personas mejoran radicalmente cuando sencillamente conectan con su ser profundo y son coherentes con sus propias necesidades. Siendo lo más básico en la vida no siempre es lo más aceptado. Incluso aunque una madre ve que su hija mejora física y relacionalmente (la protagonista) se queja del trabajo del terapeuta cuando lo que hace es estar bajo el miedo de que su hija “despierte” y se marche de su lado o se entere de un secreto familiar guardado bajo el peso de los años.

El acompañamiento sistémico

La serie muestra en pantalla el trabajo de un acompañante terapéutico, Zaman (Firat Tanis) que ayuda a las personas a ser mejores versiones de sí mismas y comprender las profundas razones de sus malestares, enfermedades o bloqueos entendiendo que no solo se producen por causas ajenas a la persona, sino que esta puede tener responsabilidad en la aparición de la misma ya sea por la manera de vivir o por la forma de estructurarse en la vida.

Es lo que puede vivir cualquier terapeuta cuando alguien ha realizado el camino de la medicina alopática y necesita abrirse a su mundo emocional para poder encontrar el origen de un dolor y recuperarse. Todo suma y nada resta cuando se juntan los dos lados y se deja de polarizar o estigmatizar lo que no está acorde con nuestras ideas.

Netflix apuesta por una serie sistémica

Por primera vez se ve muy claramente y de forma respetuosa el trabajo de las Constelaciones familiares, de la psicogenealogía y transgeneracional. Todos los diálogos y explicaciones han sido muy estudiados y están alineados con una forma respetuosa de trabajar. No hay una sola frase fuera del marco teórico del trabajo sistémico lo que se agradece enormemente ya que la difusión a través de la plataforma de Netflix es altísima y se hace de una manera correcta.

Incluso como referencia bibliográfica aparece el libro Este dolor no es mío de Mark Wolynn cuyo subtitulo es “Identifica y resuelve los traumas familiares heredados”. Libro que os recomiendo si os interesa conocer más sobre el trabajo sistémico.

Si te interesa saber o aprender sobre Constelaciones Familiares y cómo se trabaja, esta es una gran serie de ejemplo para que descubras cómo se realiza una constelación, a qué información podemos a través de nuestro inconsciente y qué cambios podemos experimentar si sanamos la historia familiar.

Reflexionar sobre la vida

“Mi otra yo”, te hará reflexionar sobre los temas humanos más profundos desde el valor de la amistad a la importancia de sanar errores y traumas del pasado, sobre todo ocasionados en el entorno familiar. Solo así podemos dejar de estar atrapados por un pasado que pilotea de manera automática sin dar margen a una nueva construcción. Prisioneros del pasado vivimos de manera reactiva dejando un margen escaso a la creatividad, a lo nuevo o a una apertura a lo diferente.

Esta serie deja un intenso mensaje sobre la vida como único momento para vivir y hacerlo con la tranquilidad de ser uno mismo y no una copia absurda que satisfaga solo al ego. Lo más grande es el amor y eso se refleja en cada camino personal.

El camino a la Abundancia

Muchos proyectos de vida no se logran concretar, porque transgredimos «los órdenes de la abundancia». Existen familias en donde el éxito y la prosperidad parecen algo natural y en otras se vive en la pobreza y la carencia. ¿En qué se diferencian unas familias de otras?

Hay quien dice que se debe a que una de ellas ha nacido en «jaula de oro». ¿Quieres saber qué tienes que hacer para que tanto tú como tus descendientes tengan prosperidad y abundancia?

En algunas familias los antepasados han tenido poco o nada de dinero. Sin embargo, cada quien ocupaba su lugar y por lo tanto sus descendientes han estado con menos cargas para lograr sus metas y objetivos. Por ejemplo, cuando se realiza una constelación familiar se observa que los proyectos o las metas de una persona se encuentran ligados a sus antepasados y no a ellos mismos. Es decir, se recogen las proyecciones del sistema y estamos dirigidos al pasado y no al presente, lo que trae carencias a nuestra vida.

Existen leyes de la abundancia, que pueden predecir o asegurar la prosperidad en tu vida.

¿Cuáles son los órdenes de la abundancia?

  • Ocupar nuestro lugar ante nuestros padres y ancestros, cuando queremos ocupar un lugar que no nos corresponde transgredimos los órdenes del amor. Y llegado el momento tenemos que despedirnos en nuestro corazón de ellos para poder crecer y construir algo con lo recibido de ellos. Sólo así los honramos verdaderamente.
  • Agradecer lo recibido, sólo una persona que sabe agradecer puede recibir más. Indiferentemente de la situación en la que te encuentras disfruta de ello, sin resistirte, sin ser avaro o mezquino. Sólo un corazón agradecido está en sintonía con la prosperidad.
  • Dar un poco más.
  • Respetar nuestro lugar de llegada, en una empresa como empleados o bien en nuestro propio negocio, tenemos que respetar el lugar a los que han estado antes que nosotros. Ellos abrieron espacio para nosotros por lo tanto siempre serán los primeros.
  • Colocar tus dones al servicio de la vida, el «amor ciego» hace que sigamos los sueños de los demás miembros de nuestro sistema, a costa de que no son talentos y por eso se nos hace más difícil tener éxito, porque en el fondo estamos haciendo algo por los demás y no por nosotros mismos. Cuando entierras tus dones te encuentras en la carencia.
  • Tanto el hombre como la mujer deben verse con respeto y agradecimiento al uno por el otro, porque de lo contrario esto marcará un déficit en la prosperidad y la abundancia del hogar. Cuando uno de los dos infravalora o humilla al otro, suele acarrear no sólo carencia emocional en la familia sino carencia de dinero.

¿Qué aspectos transgeneracionales afectan la prosperidad?

El observar las relaciones que han tenido nuestros antecesores con el éxito y la prosperidad, la manera en que nuestra familia percibe la vida da forma a nuestro sistema de creencias. Reflexiona sobre ¿Qué piensa tu familia del dinero? ¿De ganarse la vida haciendo aquello que amas? ¿Quién ha tenido éxito? ¿Qué pensaban del éxito? ¿Qué me decían de los ricos? Todos estos aspectos puede afectar negativamente a nuestra relación con la prosperidad. Primero hay que identificar cuáles son tus creencias para que luego puedas modificarlas.

Las lealtades familiares influyen de tal manera que te niegas el éxito, porque inconscientemente nadie en la familia lo ha tenido y nuestra “buena conciencia”, nos lleva a tampoco tenerlo de manera inconsciente para seguir siendo “parte de la familia, para permanecer en ella”. En esos casos la “mala consciencia” puede hacer ayudar a salir de la dinámica.

Accidentes o ruinas que afectaron negativamente a todo el sistema y por eso se crea el mandato de que es un «peligro» luchar por nuestros sueños o metas.

Herencias conflictivas o dónde se ha dejado a alguien fuera, estas herencias suelen desencadenar desgracias, adicciones o bien la propia ruina. Pueden convertirse en un «regalo envenenado».

¿Qué puedo hacer para conectar con la prosperidad?

  • Investigar qué ha ocurrido en tu sistema familiar, realiza tu árbol genealógico. Profundiza en las historias que te han contado y si es necesario realiza una constelación familiar.
  • Agradecer sin resistir todos los dones que te han heredado en todo el sistema familiar.
  • Tomar la fuerza para tus proyectos de tus ancestros y caminar con entereza, guiado por su luz hacia adelante.
  • Confíar en que todo es perfecto y todo se está configurando para que puedas realizar tus sueños.
  • Colocar tus dones al servicio de la vida, dejar de enterrarlos y tu vida se verá bendecida.

Taller del Enojo – 26/09/2021

La ira es un elemento de las relaciones humanas y como tal suele hacer acto de presencia en los conflictos. El origen de la ira puede depender de varios factores, y los científicos, que durante decenios habían definido la ira en términos más o menos dicotómicos –emoción vs cognición-, empiezan a rechazar esa idea.

Como suele ocurrir con muchos elementos o conceptos que intervienen en la vida de las personas, con la ira es importante intentar tener en cuenta su parte positiva, aquélla que nos puede ayudar a resolver los problemas. Recordemos lo que ocurre cuando, en algunas disciplinas deportivas –tales como las artes marciales-, la violencia del ataque que nos está dirigido lo podemos aprovechar en nuestro favor. Se trata, en definitiva, de dominar la situación o, por lo menos, de gestionarla adecuadamente.

No hay que pensar en la ira como algo a eliminar a toda costa. Su aparición nos puede dar un aviso sobre una necesidad insatisfecha o sobre algo que requiera ser atendido. Para gestionarla de manera eficaz, debe abordarse su estímulo subyacente y poner atención a sus componentes, tanto fisiológicos como cognitivos.

Enfermedad y necesidad de Compensación

Quiero decir algo sobre la enfermedad. Solemos considerar la enfermedad como algo físico, y tratamos al cuerpo. Pero si observamos las enfermedades ¿cuál es la primera reacción?: queremos deshacernos de ellas. 

Lo primero que aparece es: «quiero deshacerme de ti». Y esto es un movimiento fundamental en la familia. Las enfermedades surgen cuando uno quiere deshacerse de algo, cuando queremos deshacernos de una persona. A veces también cuando queremos sacarnos de encima una responsabilidad. 

El movimiento sanador es precisamente el contrario: tomamos a la enfermedad en nuestra alma, asentimos tal cual es, le damos un lugar en nuestra alma, espíritu y cuerpo. Y, a veces, cuando un hijo enferma y los padres quieren deshacerse de la enfermedad por el hijo, se da una situación similar en la familia: uno de los padres quiere, o quiso, deshacerse de algo, en especial, de alguien de su familia. El ejemplo más impactante es el aborto. Y todo niño abortado sigue presente. No se pueden deshacer de él. Eso tiene un efecto en los hijos. En todos los hijos, simultáneamente en la familia.

Y la pregunta es: ¿cómo tratamos esto ahora?

En una situación así, en el alma se produce una necesidad de compensación, que es un movimiento de la conciencia. 

En los movimientos de la conciencia sucede que, por un lado, dentro de unos límites, estos movimientos están al servicio de la vida. Pero continuamente vamos más allá de esos límites y ocurre lo que se da en otros movimientos de la conciencia: ese movimiento al servicio de la vida lleva también a la muerte. 

Existen dos movimientos de la conciencia, y cuando el movimiento de la conciencia es una necesidad de compensación lleva a la muerte. Porque va más allá de los límites de la conciencia, y lo curioso en esto es que cuando nos ponemos en el movimiento de la conciencia que lleva a la muerte, tenemos la conciencia tranquila: la buena conciencia lleva a la muerte. En la familia los hijos están intrincados en ese movimiento. Es decir, que si uno de los padres está queriendo compensar de una manera que lleve a la muerte, un hijo lo hará por él; por ejemplo el hijo enferma y muere.

La necesidad de compensación es una necesidad fundamental y a menudo tiene un buen efecto; por ejemplo en la pareja cuando el hombre le regala algo a la mujer, lo regala con amor, y ella tiene la necesidad de compensar y también le quiere regalar algo. Si no compensa, si solo toma sin dar, tendrá mala conciencia. Si tiene mala conciencia le regala algo al marido, le regala un poquito más y él también tiene mala conciencia y le regala algo a ella, también con amor. Es decir, que esta necesidad de compensación está al servicio de la vida y del amor, en este contexto.

También existe la situación en la que no podemos compensar, por ejemplo con respecto a nuestros padres. Dan tanto que nosotros jamás podremos compensarles. Pero entonces transmitimos lo que hemos recibido de ellos, por ejemplo a hijos propios y entonces también nos sentimos bien, es decir, que compensamos al transmitir, y así vemos que es un buen movimiento.

Ahora, si el hombre le causa algún daño a la mujer, algo que le duela, ella también quiere compensar haciéndole algún daño a él. Y cuando lo haya hecho, los dos se sienten mejor; él estaba esperando a que se le compensara. Pero en general, por ejemplo cuando el hombre le causó un daño a la mujer, ¿cómo reacciona ella en el alma?: ella quiere que él muera.

Cuando alguien nos causa un daño queremos venganza; si realmente lo comprobamos en nuestra alma, vemos que queremos que muera. Cuando queremos justicia por algo que nos han hecho, ¿qué queremos?: que muera. Y si le pedimos a Dios que sea justo, ¿qué queremos?: que deje morir a alguien, que lo mate, por así decirlo y además que por siempre lo mande al infierno.

Todos éstos son movimientos de la conciencia.

Y si yo le causo algún daño a alguien, por ejemplo cuando las madres abortan a un hijo, o si por ejemplo, en un accidente de coche alguien mató a otro, sin intención, ¿qué ocurre en su alma?: quiere sufrir en la misma medida. ¿Qué ocurre el en alma de una madre que abortó a un hijo?: quiere morir como el hijo. Se puede observar. A veces enferman para expiar y cuando enferman ¿cómo se sienten?: mejor. Están compensando.

Pero sin amor. Al hijo no lo toman en la mirada. La necesidad de compensar es muy individual, pero la necesidad de compensar luego es transmitida a otros en la familia. Entonces expía un hijo, que enferma y quizá muere, con la conciencia tranquila. Está al servicio de la compensación. Es decir, que la necesidad de compensación en este contexto, es el movimiento contrario a la vida. Lo podemos ver entre los pueblos. Cuando un pueblo le causó un daño a otro, el segundo quiere vengarse para compensar y entonces mueren miles de inocentes, solo por la necesidad de compensación. Es el trasfondo de muchas guerras. Todo con la conciencia tranquila.

Y en esta necesidad estamos prisioneros, dentro de la conciencia. Dentro de la conciencia nos volvemos inhumanos para con nosotros y los demás. Ahora, tenemos que tener en cuenta que aquí lo he dicho de una manera muy fuerte. 

Si alguien ahora es ayudador, psicoterapeuta o constelador y se encuentra dentro del marco de la conciencia, ¿qué hace? Se vuelve dependiente de la conciencia, al servicio de la muerte. Ahora, este nuevo movimiento, moverse con el espíritu, nos ayuda a ir más allá de los movimientos de la conciencia, nos conectamos con el movimiento de espíritu ante el cual no existe culpa ni inocencia, ni el bien ni el mal. Este movimiento mueve a todos tal y como es. Por eso tampoco nadie sufre daño en ese movimiento, porque, en definitiva, abarca a todos en la misma medida. Y esto ahora es una declaración muy arriesgada: cualquier otro enfoque es equivocado. Desde lo que podemos vivenciar en el interior, todo otro movimiento es equivocado. Con este movimiento todos son iguales y todos en la misma medida son reintegrados a ese amor del espíritu, están contenidos, cuidados en él.

Bert Hellinger

Taller de Constelaciones 11/09/2021

«El orden viene primero, luego el amor», nos dice Bert Hellinger

“Todos los hijos son buenos y sus padres también”

Pero si observamos, hay niños difíciles y hay padres difíciles. Y padres que se preocupan por sus hijos e hijos que se preocupan por sus padres. ¿Cual es en realidad el trasfondo de este tipo de preocupaciones? ¿Cómo puede ser que los hijos se tengan que preocupar de sus padres? ¿Y cómo puede ser que padres necesiten preocuparse por sus hijos? Y son preocupaciones con amor.

Sin embargo esas preocupaciones se oponen a la sintonía en la familia. Hay que observar que cuando los padres miran a sus hijos, ¿realmente ven a sus hijos? Y cuando los hijos miran a los padres, ¿realmente ven a los padres?

¿O sería útil ver más y comprender más lo que se manifiesta? A eso vemos que algo se opone. El hijo dice: ¿yo? y a los padres ¿tú? Y los padres dicen: ¿yo? Y a los hijos, ¿tú?

Pero los padres alguna vez fueron hijos con padres propios, por los que ellos se preocupaban y con padres que se preocupaban por ellos. ¿Y cómo puede ser? Porque esos hijos dijeron ¿yo? y a sus padres ¿tú? Y los padres dijeron ¿yo? Y a los hijos ¿tú?

Ahora una de las grandes experiencias de las constelaciones familiares, es que estamos unidos a muchas personas al mismo tiempo. Cuando los padres miran a sus hijos y dicen tú… no ven con quien está unido ese hijo con amor, mucho más allá de los padres. Por ejemplo, el hijo está unido con un amor muy profundo con los hermanos que no viven, que han sido olvidados…. El hijo está unido también con amor profundo a los hijos abortados y está unido con amor profundo a otras personas de la familia de los padres, a quienes tampoco recordaron los padres. De repente los padres al mirar al hijo deben ver aquí que hay muchos al mismo tiempo. Y el hijo es uno de muchos con quienes está unido.

Los niños adoptados – Meditación

Cierren los ojos.

Me imagino que ahora hay un niño adoptado y ese niño me dice que fue dado por los padres, y ese niño está enojado con los padres. Siente que fue dejado de lado y en cierta manera también rechaza a los padres.

Yo le digo al niño, mira a tu madre tal como es, ella te dio la vida, solo ella. Tú tienes la vida a través de ella. Pero esta madre está al servicio de una fuerza superior, de la que surge toda la vida y esa fuerza ha determinado que ella es para ti tal como es. Solo, porque es como es, pudo ser tu madre y ella te ha regalado la vida. Toda la vida, no faltó nada, tú has recibido todo de ella, porque estaba al servicio de esa fuerza. Y te dio la vida a un precio alto. Y que te haya dado la vida a ese precio la va a acompañar durante toda una vida, y ella paga un precio alto por tu vida.

Y ahora la miras y miras por encima de ella, más allá de ella, a esa fuerza y le dices: tú me has dado esta madre, como mi madre, para que yo pueda estar vivo. Yo tomo la vida a través de esta madre, tal y como es y a todo el precio que a ella le costó y que a mí me cuesta.

Y ahora miras a tu madre y le dices: “Querida mamá ”, «tú me has sido regalada como mi madre, tal cual eres. Solo porque eres tal como eres yo fui tu hijo y así lo tomo de ti, con todo lo que acompaña y me vale el precio alto que estoy pagando y hago algo bueno con eso, para tu alegría. Debes saber, que de todo esto que tú me regalaste, algo grande va a surgir y siempre vas a seguir siendo mi madre y siempre te llevo en mi corazón, con amor. Gracias».

Y ahora miras a tu padre de la misma manera, tal y como es, tal cual es. Miras por encima de él, hacia esa fuerza grande, que lo ha determinado a él como tu padre. Y le dices «gracias, te tomo a ti como regalado por esa fuerza, solo a través de ti tengo mi vida, solo porque eres tal como eres yo estoy vivo. Gracias. Y lo tomo al precio completo que a ti te costó y que a mí me cuesta. Y hago algo bueno con ello, para tu alegría».

Y luego miras a tus padres adoptivos y miras más allá por encima de ellos. A esa fuerza grande. Esa fuerza grande los eligió para ti, para que te mantengan con vida, y los miras tal como son, tal cual son. Y les dices a ellos, «gracias. Tomo todo lo que ustedes me han regalado, a todo el precio que a ustedes les costó y que a mí me cuesta. Y hago algo bueno con ello para vuestra alegría».

Y ahora miras a tus padres y a tus padres adoptivos, por encima de ellos, a esa gran fuerza y dices: “yo lo tengo todo. Ahora soy libre. Ahora vivo, y vivo totalmente, y transmuto lo que me fue regalado con amor”.

El amor ciego

Di una vez un curso en una escuela grande de México. Había allí un alumno, entre 12 y 14 años, su maestra y sus padres. El joven tenía dificultades con la escuela y ya no quería seguir estudiando. Coloqué pues, a la maestra, al lado de ella puse al muchacho y en frente, a los padres. Miré al joven y le dije: “Estás triste”. Le saltaron las lágrimas de los ojos y su madre también se echó a llorar. Se pudo ver en seguida que su tristeza tenía que ver con la madre. Pregunté a la madre: “¿Qué pasó en tu familia?” a lo que respondió ella:”Mi hermana melliza murió en el parto”. Fue el elemento decisivo, es algo que uno siente en seguida. Coloqué a un representante para la hermana melliza, un poco al costado, con la mirada hacia fuera y con la madre del joven a sus espaldas. Le pregunté a la madre cómo se sentía en ese lugar y contestó:”Aquí me siento bien”. Eso demuestra claramente que quiere seguir a su hermana en la muerte.

Luego la puse otra vez en su lugar inicial y coloqué al joven detrás de la hermana melliza. Le pregunté qué tal estaba y contestó:”Aquí me siento bien”. Le pregunté también a la madre cómo se sentía al ver al niño allí. Su respuesta:” Me siento mejor ahora”. Esto nos muestra que el niño estaba dispuesto a morirse en su lugar. A nadie le asombra que no quiera seguir estudiando. ¿Para qué, si su deseo era morirse? Esa era la situación.

Detrás de muchas enfermedades y problemas de comportamiento de los niños yace esta dinámica precisamente. El niño dice en su corazón: “Te sigo en la muerte” o “Muero en tu lugar” o “Me enfermo en tu lugar” o “Expío en tu lugar”. El niño lo hace por amor. Es frecuente observar que los padres miran al niño pero no ven en absoluto que el niño ama ni ven cómo ama. El niño no puede cambiar nada. Tan sólo si los padres dan un paso, puede el niño también hacer algo.

En este caso, la solución era sencilla. Coloqué otra vez al joven en su sitio y a la hermana melliza al lado de la madre de él. De esta forma, ella fue reintegrada en el seno de la familia. Así, se encontraba la familia de nuevo entera.

¿Es necesario armar algo como un altar familiar, es decir materializar la presencia de la muerta, o basta con la pequeña constelación? Claro, no hay foto de la muerta que se pudiera exponer. ¿Debo hacer un lugar para ella en la casa o debo simplemente hacerle un lugar en mi corazón, o lo uno implica lo otro?

Hellinger: En el corazón, eso es lo esencial. En la constelación, la madre y su hermana estaban cara a cara para empezar, se miraron con mucho amor y se abrazaron muy fuertemente. Luego se colocó la melliza al lado de la madre. Formaba ya parte de la familia.

Pueden imaginarse cómo le va al marido cuando su mujer dice interiormente:”Me muero”. ¿Qué posibilidades existen aún en la relación de la pareja y qué puede hacer él? Pues nada, no puede hacer nada, está entregado al destino de su mujer. En esta constelación, pedí a la mujer que girase hacia su marido y que le dijese:”Ahora me quedo”. Esa fue la frase sanadora. Pudieron abrazarse con amor. Luego la madre giró hacia su niño y le pedí que le dijera: “Ahora me quedo y tú también puedes quedarte”. Al oír esto, su rostro se iluminó. Esa era la solución: la persona que había quedado excluida estaba reintegrada, permitiendo que se completara lo que estaba incompleto.

Bert Hellinger

Sobrepeso y Trastornos de Alimentación

La conciencia del cuerpo nos acerca a la Vida y la relación que tenemos con el alimento indica cómo nos sentimos emocionalmente. Por eso es importante escuchar las señales que nos llegan a través de nuestras conductas alimentarias que muchas veces se dan de forma automática y escapan al control o a la fuerza de voluntad, como ingerir ciertos alimentos de forma compulsiva, con ansiedad, y en algunos casos, rechazar el alimento hasta llegar a la inanición.

La comida es una metáfora del amor emocional en nuestra vida, aún más cuando se trata del “dulce”. Comer compulsivamente es buscar el amor de la madre en la comida para llenar ese vacío que sólo puede ocupar el amor de una madre. Biológicamente estamos programados para nacer y ser amamantados por nuestra madre. Ella nos nutre durante todo el embarazo a través de sus emociones y de todo lo que ella ingiere, y al nacer, el vínculo afectivo que se refuerza entre madre e hijo/a durante la lactancia, ya es indiscutible. De ahí que la relación con la comida nos remita a nuestro vínculo afectivo con la madre.

Detrás de la ansiedad por la comida, suele haber un rechazo a la madre. Al rechazarla la persona no ha tomado el amor de su madre, porque en el fondo le exige que sea de otra forma a como es y a como puede ser. Por eso el primer paso para solucionar muchos de los problemas con la alimentación, es el trabajo interior de “tomar a la madre”, que consiste NO en que ella cambie o en que ella nos trate como uno quisiera, sino en aceptar incondicionalmente a la madre tal y como es, sin esperar a que ella cambie, ocupando nuestro lugar de hijos/as, porque es el único lugar que nos corresponde respecto a ella. Lo contrario sería un desorden sistémico. Ésa es la forma de llenarnos de su amor y de transformar nuestra historia con ella.

La solución está en llenarnos del amor de nuestra madre mediante esa aceptación incondicional, para no necesitar llenarnos de forma compulsiva de comida, y poder tener una relación sana con ésta.

En Constelaciones Familiares vemos que hay personas que no han tomado a su madre, porque inconscientemente están remplazando a ancestros anteriores, y ese remplazo no les permite estar en su lugar de hijos con respecto a sus padres, por eso, a un nivel profundo, no les pueden ver como a sus progenitores.

Por otro lado, también encontramos personas que tienen una alimentación equilibrada pero igualmente están por encima de su peso saludable habiendo intentado diversas dietas, con la consiguiente frustración que esto conlleva. Esto es porque nuestro cuerpo guarda las memorias de todo lo sucedido en nosotros y también nos es transmitida la memoria de ciertos sucesos relacionados con nuestros ancestros de conflictos que quedaron sin resolver.

– Un ejemplo de los dos supuestos anteriores sería el estar vinculado de forma inconsciente a abortos del sistema familiar que han sido olvidados o excluidos. El cuerpo recuerda estos abortos a través de acumular grasa en determinadas zonas del cuerpo como el vientre. Éste podría ser el caso de personas que engordan fundamentalmente en la zona del abdomen (donde se desarrollan los embarazos), y es una de las causas subyacentes que hay también tras la obesidad, desde el punto de vista sistémico, la fidelidad a los abortos del sistema.
– Además, se puede observar que muchas personas que tienen fidelidad a abortos del sistema, no identifican la figura materna con su madre biológica, sino que la imagen interna que tienen de una madre tiene que ver con las madres de todos esos abortos a los que esa persona está reemplazando. Ése es uno de los motivos por los que la persona no ha tomado a su madre, no consigue verla, porque primero es necesario sanar esa fidelidad o identificación con esos abortos, para que pueda girarse a mirar a su madre y a toda su vida tal como es. Por supuesto todo esto sucede de modo inconsciente y se puede observar en la constelación de esas personas.

OBESIDAD

Al igual que en el sobrepeso, los kilos de más pueden ser una forma de ponerse a salvo, una barrera alrededor de la persona que le protege de que le puedan hacer daño.

En la obesidad, hay varios factores:

  • Suceso traumático en la vida de la persona que actúa de desencadenante de la obesidad, por el cuál cree que necesita protegerse del exterior y se esconde detrás de la grasa
  • Fidelidad a una o varias desgracias familiares, que aún no se han digerido, y cuya carga emocional está llevando la persona sobre su cuerpo.
  • No se ha tomado a la madre.
  • Fidelidad a abortos del sistema.

ANOREXIA Y BULIMIA

La bulimia y la anorexia, pueden ser las dos caras de la misma moneda. Una anorexia mal curada puede desembocar en bulimia, y la persona parece que se ha “curado”, porque se le ve comer, pero coger peso no significa necesariamente que la persona se haya sanado a nivel profundo. Por eso es importante tener en cuenta la sanación que la sistémica nos puede ofrecer, puesta en práctica en las Constelaciones Familiares.

Desde esta perspectiva, se puede observar como la persona con anorexia, lo que busca inconscientemente, la mayoría de las veces, es morir en lugar del padre. En la negación del alimento se está negando la propia vida. A través de la enfermedad le dice a su padre “yo muero en tu lugar”. Salvo excepciones, es una fidelidad al padre que está mirando a la muerte de una u otra forma por cómo éste se siente o por algo que sucede en su vida.
Sanación: Poder decirle al padre internamente “padre, yo me quedo en la vida”.

Anorexia con vómito

Cuando la persona con anorexia comienza a comer mejor, al tomar el alimento está tomando la vida. Eso puede suponerle culpa, por dejar de ser fiel a su padre en la muerte, y al no sostener esa culpa, se produce el vómito, como una mirada de nuevo hacia la muerte.

Bulimia

En la bulimia, donde se intercalan atracones con episodios de vómitos, se suele observar en la mayoría de los casos, que la madre rechaza al padre y le dice a su hijo/a, implícita o explícitamente, “toma sólo lo que te viene de mi, no tomes lo de tu padre”. Entonces el atracón cumple la función de la fidelidad a la madre, y en el vómito se vuelve de nuevo a la fidelidad al padre.
El hijo cree que si toma de uno no puede tomar del otro, y pensar en tomar a los dos le produce una culpabilidad inmensa.

La sanación viene de poder decir a los padres e integrar:

“Papá, mamá, dejo vuestra vida privada con vosotros, vuestros asuntos son sólo vuestros, a mi no me incumben. Ahora elijo preferiros por igual y tomar de los dos por igual (Visualizándolos como una unidad) Vosotros sois los grandes, y yo soy la pequeña/o. Papá, te doy un lugar en mi corazón como a mi padre. Mamá, te doy un lugar en mi corazón como a mi madre”.
El cuerpo y el inconsciente son uno, por eso es tan común somatizar conflictos sin resolver a través del cuerpo.

Las Constelaciones Familiares ayudan a liberar parte de esa energía bloqueada de nuestro sistema familiar que hace que nuestro cuerpo somatice a través de la alimentación y de nuestro cuerpo. No es necesario saber conscientemente lo que está produciendo el trastorno o el desequilibrio en la alimentación, ya que la constelación hará su trabajo sin necesidad de saber de forma consciente, pues toda la información está en el inconsciente.