El Dios de la Biblia: “Tú por mi”

Les cuento una historia de las sagradas escrituras, una historia espantosa. Una historia de un hombre piadoso y un hombre terrible. Gracias a Dios solo es una historia de la Biblia pero aquí pudimos ver que en muchas familias sucede exactamente lo que esta historia cuenta. La historia cuenta, ahora voy muy lejos, algo acerca de las nuevas constelaciones familiares. Ahora están muy ansiosos de saber de qué historia se trata.

Un hombre soñó en la noche que había escuchado la voz de Dios que decía: “Ponte de pie, toma a tu hijo, el único, el amado, y llévalo a la montaña que te indicaré y sacrifícamelo en el holocausto. Por la mañana el hombre se levantó, miró a su hijo, al único, al amado, miró a su mujer, la madre de la criatura, miró a su Dios, tomó al hijo, lo llevó a la montaña, construyó un altar, y tomó el puñal para sacrificar a su hijo a Dios. De pronto escuchó otra voz y a cambio de sacrificar a su hijo, sacrificó a una oveja. Más adelante siempre que los animales eran sacrificados a Dios representaban a sacrificios humanos. A ese Dios que se come a los niños.

Bueno, después de todo esto, ¿cómo mira el hijo al padre?

¿Cómo mira el padre al hijo?

¿Cómo mira la madre al padre?

¿Y cómo ese hombre a su mujer?

¿Y cómo miran ellos a Dios?

¿Y cómo mira Dios? Si es que existe, ¿cómo les mira Dios a ellos?

¿Se les hace conocido esto en la propia alma, en la propia familia? Con la mirada hacia tantos y tantos sacrificados a Dios.

Gracias a Dios hubo otro hombre que soñó en la noche. Había escuchado la voz de Dios que le decía, “Ponte de pie. Toma a tu hijo, al único, al amado. Llévalo a la montaña que te indicaré y ofrécemelo ahí en holocausto. Por la mañana el hombre se puso de pie, miró a su hijo, al único al amado. Miró a su mujer, la madre del hijo y miró a su Dios. Le hizo frente, le miró a la cara y dijo, “Yo no lo hago”.

¿Cómo mira el hijo al padre?

¿Cómo el padre al hijo?

¿Cómo la mujer al hombre?

¿Cómo el hombre a la mujer?

¿Y cómo miran a Dios?

¿Y cómo mira Dios? Si es que existe, ¿cómo les mira Dios a ellos?

Bert Hellinger

Separación temprana de la madre

La observación que he hecho es que en la mayoría de los seres humanos ha habido una separación temprana de la madre y el efecto es que después de eso la criatura se aleja de la madre. Muchas veces la criatura está llena de rabia, e interiormente se separa y ya no se acerca a la madre. Es decir, la separación no tiene nada que ver con querer o no querer. Es la consecuencia de un trauma de separación y esta vivencia tiene un efecto sobre todas las relaciones posteriores, sobre las relaciones de pareja, y también tiene consecuencias en nuestra profesión. En la configuración lo podemos observar cuando colocamos enfrentados hombre y mujer y uno de ellos o ambos se quedan detenidos, no se acercan al otro, se mantienen esperando a que el otro se acerque. Y si éste se acerca, el otro se retira. Y todo está en relación con esa separación de la madre.

Entonces se da la pregunta, ¿cómo podemos superar esa separación temprana? ¿Cómo podemos volver a retomar el movimiento hacia la madre para volver a sentir la unidad? Es un proceso muy complicado y está relacionado con un profundo temor, y si lo logramos tiene efectos sobre todas nuestras relaciones posteriores. Ahora me desvié, me perdí. Porque yo quería quedarme con las enfermedades, pero aquí pudimos ver que también tenía un papel importante. Ahora me pregunto, ¿sigo con las enfermedades o lo llevo en dirección hacia la madre? Lo segundo. ¿Ok?

Entonces voy a explicar algo con respecto a esto. Después de la separación, después de esta experiencia, cambia en nosotros la imagen que tenemos de la madre. Habíamos tenido y hecho experiencias tan bellas contenidas por ella, acariciadas por ella. La miramos a los ojos y nos encontramos felices. Y ahora pruébenlo en ustedes mismos.

Cierren los ojos.

¿Cuántas imágenes guardan de su madre? ¿Y cuáles son las emociones ligadas a estas imágenes? Según mi observación, la mayoría no tiene más que cinco imágenes de su madre. Cinco recuerdos. Todos negativos. Todos ligados a un rechazo o un reclamo. Y si ahora me imagino y si solo observo cómo las madres se ocupan de sus hijos y muchos de ustedes que tienen hijos, ¿Cuánto amor se entregó a los niños? Y lo mismo vale para el padre. ¿Y ahora solo le quedan a la criatura cinco imágenes negativas? ¿No es extraño eso? ¿Y cómo estas pocas imágenes y estas emociones envenenaron toda nuestra vida y envenenaron todas nuestras relaciones? Ok.

¿Lo comprendieron ahora? La pregunta es, ¿Cómo superamos eso?

Ahora voy a hacer un ejercicio con ustedes.

Cierren los ojos.

Ahora regresamos al tiempo antes de esa vivencia de separación, de división. Regresamos a la felicidad temprana.

Por ejemplo, regresamos al útero materno, totalmente uno con ella. Respiramos con ella. A través de su respiración, respiramos. Cuando ella exhala, también nosotros exhalamos. A través de la misma sangre, lo que siente también lo sentimos nosotros. Si está contenta tal vez nos movemos en su regazo. Y ella siente que nosotros compartimos esta alegría. Y si tiene temores también lo sentimos. En todo sentido somos con ella un corazón y un alma.

Luego nacemos. De pronto separados de ella y por primera vez respiramos por nosotros mismos. Inhalamos el aire, y nuestros ojos buscan los ojos de la madre. De inmediato la reconocemos. Le tendemos las manos y ella las toma y nos acerca al pecho. Finalmente de nuevo con ella. Nos da su pecho, nosotros tomamos y continuamos. La miramos a los ojos, protegidos y seguros en todo sentido junto con ella.

Y luego siempre está ahí presente.

Solo necesitamos gritar y de inmediato está ahí. Así vamos creciendo, jugamos con ella, ella con nosotros y nos sentimos felices ligados a ella en todos los sentidos. Y ahora nos detenemos y nos aferramos a estas imágenes hermosas. Nos llenamos de las imágenes y, mientras nos dejamos iluminar por ellas, nos sentimos felices. Las imágenes negativas se desplazan hacia el fondo y las emociones ligadas a estas imágenes también se desvanecen. De pronto nos sentimos uno con nuestra madre.

Y ahora nos imaginamos así como nos encontramos ahora, estar frente a nuestra madre a cierta distancia, la miramos a los ojos continuamente.

Y ahora con esas imágenes en el corazón y con la mirada de sus ojos, damos un pequeño paso hacia ella. Y sentimos los temores, el temor de dar ese paso. Los temores y dolores antiguos vuelven a resurgir, pero con las imágenes hermosas y felices frente a nosotros y con la mirada a sus ojos damos el primer pequeño paso hacia ella. Este paso lo logramos y esperamos.

Nuevamente enfocados en los recuerdos felices y, cuando notemos que hay suficiente fuerza en nosotros, damos el siguiente pequeño paso. Y entonces el tercer paso y el cuarto y volvemos a esperar. Ya se hizo más ligero y más fácil acercarnos a ella. Respiramos profundamente y nos alegramos del recorrido logrado de habernos acercado a ella.

Luego el siguiente paso. Cada vez se hace más fácil.

La miramos a los ojos y nos alegramos. Y ella se alegra de que finalmente nos acerquemos. Otro paso más y otro más. Ahora ya nos encontramos muy cerca, la miramos a los ojos y le decimos, “Querida mamá”. Y nos entregamos a sus brazos. De nuevo con ella. Finalmente de regreso a casa.

Y ahora sentimos lo diferente que se siente todo nuestro cuerpo, cómo nos ampliamos interiormente. Por fin de nuevo completos.

Bert Hellinger

El agradecimiento como equilibrio

Otra posibilidad de alcanzar un equilibrio entre tomar y dar es el agradecimiento. Al dar las gracias no rehúyo el dar. Aún así, a veces es la única respuesta adecuada al tomar. Por ejemplo, para una persona disminuida, o para un enfermo, o para un moribundo y, a veces, también para un enamorado. Aquí, junto con la necesidad elemental de compensación, también entra en juego aquel amor elemental que atrae y vincula a los miembros de un sistema social, comparable a la fuerza de gravedad que mantiene unidos los cuerpos en el espacio. El amor acompaña el tomar y el dar y le precede. En el tomar se expresa como gratitud. El que da las gracias, reconoce: «Tú das, independientemente de si yo en algún momento podré pagártelo, y lo tomo de ti como un regalo. Y quien acepta el agradecimiento, dice: «Tu amor y el reconocimiento de aquello que doy me valen más que todo lo demás que aún puedas hacer por mí».
Así, al dar las gracias, no sólo nos afirmamos mutuamente con aquello que nos damos, sino también con aquello que significamos el uno para el otro.

Bert Hellinger

Mamá

Querida Mamá,
Tú eres una mujer común, como lo son millones de mujeres.
Te amo por la mujer normal que eres.
Como todas las mujeres, has cometido muchos errores.
Tus errores, dado que los acepto, han hecho de mi la persona que soy ahora.
¿Qué sería de mí sin tus errores? ¡Cuán pobre sería, sin fuerzas!
Te amo así como eres, una mujer común.
Te llevo así en mi corazón y así te amo.
Para mi eres la mejor.
Ahora te regalo algo, algo especial:
Te libero de mis expectativas que superan lo que se puede pretender de una mujer común.
He recibido todo lo que necesitaba y es suficiente así para mi.
Tú puedes seguir siendo así como eres.
Yo también sigo siendo así como soy.
Yo también soy una persona común como tú.
Estamos así, tú y yo unidos en el amor.

Bert Hellinger

Pascua

Antes de la Pascua me despierto en Argentina y me siento llevado a escribir un texto. Aunque no sé de qué texto se trata. De pronto se me ocurre un título. Me asusto porque no sé adónde me llevará. En este caso el encabezado era La despedida de Dios.
Ese texto lo escribí temblando y con miedo sin saber a dónde me llevaría. Así fue que empecé con la primera frase. A partir de allí fui transportado palabra por palabra, sin saber hacia dónde iba. Al final quedó claro que se trataba de un texto sobre la despedida del Dios de los muertos.
El domingo de Pascua hablé de este tema frente a más de 250 participantes de un curso sin referirme en concreto a nada de ese texto. Se trató nuevamente de otro texto, aunque me sentí llevado por el mismo movimiento, en la misma dirección.
Me animo a decir que la Pascua es sobre todo nuestra resurrección de la tumba de Dios, de la tumba de ese Dios que nos arrastra hacia los muertos y que más allá de cualquier aseveración se revela como un Dios de los muertos.

Constelación
¿Qué ocurrió después? Yo pregunté quién del grupo tenía algo que consultarme para que yo pudiese buscarle una solución. Muchos participantes levantaron la mano. Como guiado por un movimiento interior elegí a uno de ellos, alguien a quien yo no conocía ni sabía nada de él.
El me contó algo general de lo cual no pude obtener mucha información. Entonces le pedí que simplemente se ubicase. En ese momento se me ocurrió colocar una alfombra enrollada delante de él y pedirle que pasase por encima.
Con pasos pequeños se dirigió muy lentamente hacia la alfombra, como si fuese hacia un límite que no se animaba a cruzar. Él permaneció a cierta distancia de la alfombra y nunca dejó de mirarla. Yo le dije que por encima de ella mirase a lo lejos.
Sólo en un momento logró hacerlo. Por el contrario, se arrodilló ante esa alfombra. De repente entendí que esa alfombra representaba un muerto por sobre el cual él no se animaba a pasar.
Se lo dije. Le pedí entonces que se pusiese nuevamente de pié y que por sobre esos muertos marchase a su futuro. Cuando le fue posible respiró profundamente. Yo le pregunté como se sentía. El dijo: Muy bien. Entonces lo mandé de vuelta a su sitio.

El trasfondo
Después supe que él era un cirujano y que uno de sus colegas a quien él recientemente había operado había muerto en la mesa de operaciones. A partir de allí su vida había cambiado. Por sobre este muerto él no pudo pasar nunca.
Su esposa, que se encontraba presente, después de algunos días les comentó a los otros participantes que de pronto sus vidas y su relación habían cambiado por completo. Él había resucitado de los muertos.

Nuestra resurrección de los muertos
Después de esa constelación dejé que en grupos pequeños los participantes practicasen por separado pasar por encima de un muerto y de esa manera resucitar de los muertos.
El texto que debí escribir esa mañana me preparó a mí y a muchos otros para la experiencia de la resurrección de los muertos de un modo que de ninguna forma era previsible para mí. A través de él, tanto yo como los participantes nos preparamos para una experiencia en la cual nos sentimos guiados por otras fuerzas – al servicio de la vida, que derribaron muchas viejas imágenes de Dios que llevábamos en nosotros y nos hizo resucitar de los muertos, de un Dios de los muertos a un Dios vivo que dice: “Mira, yo hago todo nuevo”.

Bert Hellinger

Todo

Todo lo que hay está en mí. Está presente, tal como es, como era y como será. Puesto que yo estoy aquí, ese todo está también en mí, con todo lo que resulta de él, sin la diferenciación de bien o de mal, de mejor o de peor.

La pregunta es, ¿por qué me siento a veces inferior frente a otros u otro? ¿Por qué intento ser o volverme, de alguna forma, mejor o más que otros o que otro? ¿Por qué enfermo, en vez de estar sano? ¿Por qué busco deshacerme de algo o escapar de ello? Estando unido a todos igualmente, siendo uno con ellos ¿acaso puedo discrepar de otros, sea hacia arriba, sea hacia abajo, incluso cuando al final voy a parar siempre en lo mismo, así como es?

La otra pregunta es, ¿cómo puedo volver a encontrarme con el todo?

Lo encuentro pues, dentro de mi cuerpo.

Hace poco, experimenté en mí que en cada uno de mis dientes se revelaba una persona intrínseca a mí, una persona que alguna vez fui y aún soy. Así como se revela, se hace recordar. Y exige que la reconozca como siendo igual y equivalente, desde antes e incluyendo el ahora. A la vez, me doy cuenta que continuamente me la encuentro en otras personas, benevolente o rechazadora, y yo igual que ella.

Y me pregunto, ¿hacia dónde quiere ir esta persona? ¿Hacia quién debo y quiero ir, para ser el todo, por fin? Debo ir hacia aquellos que se apartaron de mí, y de los que me aparté yo, a sabiendas o no, puesto que hace mucho ellos desaparecieron de mi conocimiento y atención, y yo de la suya. Y sin embargo no se esfumaron de la vigilancia de mi cuerpo y sus síntomas. A través de él y de sus síntomas, aquellos me dan señales, irresistiblemente. Entonces, les ruego a mis síntomas, sobre todo a los que me acompañan hace mucho, “¡mostradme a dónde se os va la mirada! ¿Quién espera desde hace tiempo que yo también le mire a los ojos, le reconozca y le ame?”

De pronto surgen unos cuantos, innumerables, todos muy cerca.

En ese lapso de tiempo ¿dónde me encontraba yo, separado de todos ellos, aunque cada uno es parte de mí? ¿Dónde estaban ellos? ¿ Acaso era yo sólo un cabo de ellos, soberbio y vacío?

Ahora me vienen las lágrimas. Lentamente, a tientas, voy acercándome a ellos, a cómo eran y siguen siendo dentro de mí. Lentamente, les toco y me siento rozado por ellos, por cada uno de ellos, tal como es, por todos ellos porque con ellos me encuentro completo y unido.

Ahora me siento completamente en la vida, sin separación con algo Último, uno con ello. Con ello realizado, humilde, con amor.

El Campo

Nuestra experiencia del campo es un límite. El campo tiene límites definidos que lo distinguen de otros campos, sobre todo en lo que produce. Del campo que nos pertenece y al que pertenecemos, recibimos el alimento que nos mantiene en vida. Por esto, nos entregamos a él. Lo sembramos y luego cosechamos su fruto, en el momento apropiado.

Para sobrevivir, un campesino cultiva varios campos a la vez, a no ser que se limite a un monocultivo que, al cabo de unos años, le retira el fundamento de su supervivencia.
El campo mórfico

Del mismo modo vivimos en campos mórficos, en varios a la vez, vinculados entre sí, y de los que sacamos la variedad de nuestro alimento sutil.

¿Qué es lo que mantiene nuestros campos mórficos en cohesión? Pues, por una parte es una memoria común, y por otra es una conciencia común. Aquel que desea asegurar su pertenencia a estos campos, debe someterse a algunas reglas fundamentales. Si se aparta de ellas, corre el riesgo de ser excluido de aquellos campos. A la vez, es fácil que un campo se vuelva un monocultivo y, en ese sentido, infértil.

¿Con qué está relacionado este desarrollo? Pues con el que la memoria de un campo determina lo que podemos entender y saber.

Rupert Sheldrake, que en nuestra época se dedicó de la manera más intensiva a los campos, que describió que incluso las leyes que atribuimos a la naturaleza son meramente memorias dentro de un campo, explicó también cuán lejos alcanzan las consecuencias de la memoria común de un campo mórfico.

La primera consecuencia es una interdicción de pensar. Aquel que piensa diferentemente de lo que autoriza esa memoria común, pone en peligro su derecho de pertenecer más adelante a ese campo. ¿Con qué efectos? Sólo tenemos que imaginarnos lo que le pasaría a un campesino si tuviese que abandonar sus campos, hasta ahora fértiles. ¿Adónde puede ir?

¿Acaso existe otro campesino al que se pueda dirigir, para intentar con él disponer nuevamente de los campos de él? ¿O tal vez ese nuevo campesino es lo suficiente generoso como para cederle, durante un tiempo, un campito en el que sembrar nuevos frutos, hasta que su futuro resulte asegurado, más fértil y más abarcador? ¿Acaso puede la memoria del campo aceptar la introducción de una nueva comprensión, así como borrar la anterior? ¿Acaso pueden, pasado un tiempo, algunos miembros del viejo campo interesarse por las nuevas posibilidades? ¿Surge entonces, de esta forma y paso por paso, un nuevo campo mórfico, que va dejando atrás el antiguo? ¿Acaso el antiguo disidente se torna pionero y lleva a muchos otros a una nueva amplitud?

Y sin embargo, aquí también se anuncia algo ya presente en el antiguo campo. Este nuevo campo desarrolla su propia memoria que, a su vez, determina lo que se puede pensar y hacer, a la par de una conciencia distinta. De esta forma, el viejo juego continúa con nuevas reglas.

Bert Hellinger

El adiós a Dios

¿Acaso somos capaces de despedirnos de Dios? ¿Tenemos permiso para eso? ¿Qué queda de nosotros, si lo hacemos? Por cierto, ¡cuántas generaciones le han rezado con fervor! ¡Cuántas lo han temido! ¡Cuántas le han sacrificado sus vidas! ¡Cuántas han querido pacificarlo y despertar su merced! Cuántos himnos devotos le han cantado, que aun ahora nos llegan al corazón. Cuántos domos suntuosos han edificado por él, donde se reunían y donde lo alababan.

Si nos despedimos de él, ¿dónde acabaremos? ¿En qué soledad, en qué vacío? Por cierto, es un despedir de imágenes, que son humanas y nada más que humanas. Es un despedir de imágenes que se originan en nuestra infancia. Incluso los sentimientos nobles despertados en nosotros por estas imágenes, que nos elevan y nos llevan a la dedicación y al respeto, son miedos de niño y deseos inocentes de niño. Nos hacen infantiles y nos mantienen en el estado de niños, vulnerables, temerosos, abandonados, amenazados. Son sentimientos de temor y temblor.

¿Cuándo y cómo experimentamos estos sentimientos de la manera más profunda, increíblemente angustiadora? Pues, cuando nos imaginamos el despido de estas imágenes de Dios, un despido para siempre. Después, ¿qué queda de nosotros? Porque, si lo tememos a Dios, por lo menos lo tenemos. Sin él, ¿adónde nos perdemos, abandonados a nuestra suerte, solos y vacíos?

Nos abrimos al secreto contenido en nosotros, que en cada momento nos mantiene en la vida, tal como somos. Ese secreto permanece en un estado de entrega, sin juicio para orientarse, porque nos quiere tal como somos. ¿Acaso en nosotros hay algo que esté separado de él, y que nos aleja de él?

Percibimos este secreto como una fuerza creadora dentro de nosotros, en todo lo que nos permite estar, directamente movidos por él, sin impulso del exterior, desde nuestro interior, acompañándonos en cada instante de manera creativa, hacia un renuevo eterno, constante avanzar: en progresión.

¿Acaso, a la hora de abarcarnos en su movimiento, tolera esta fuerza las imágenes que nos enseñan el temor? ¿No es ella, en cada momento, nuestra mayor experiencia posible del amor? ¿Y no es la dedicación a ella la verdadera y más profunda experiencia de vida?

Y sin embargo, incluso lo que he tentado describir y señalar aquí es una imagen humana. ¿Qué apoyo nos queda pues, al que nos podamos sujetar? Nada. Sólo la pura noche y el vacío.

La fuerza está, y no está. Nos atrae, sin que la podamos alcanzar. En ella resucitamos de entre los muertos, en permanencia, vacíos, purificados hasta lo último, sin nombre, sin movimientos infinitamente quietos, respetuosamente quietos, luz de una luz, reflejados, imagen de su imagen, transparentes, eco creador, puro sin límite, infinitamente uno.

Bert Hellinger

Guiados

En realidad, estamos guiados en nuestra vida por una fuerza que nos toma a su servicio, para el beneficio de muchas vidas. Esta fuerza nos extirpa de la estrechez de nuestros miedos y representaciones y nos lleva hacia una amplitud que nos permite crecer, más allá de las fronteras del amor tal como lo conocemos, para superarlas, de modo que acabamos experimentando la creatividad con la que esta fuerza nos va guiando, con constancia hacia lo siempre nuevo, que en cada momento se presenta.

A menudo me siento guiado de esta manera, cuando algo espera de mí que mi actuar presente, y las expectativas de otros con respecto a mí, se encarrilen en una dirección que va más allá de mis imágenes y experiencia.

Os doy un ejemplo. Me despierto un día, en Argentina, en la víspera de Domingo Santo, e intuyo que ahora mismo estaré guiado para escribir un texto. Qué texto, aún no lo sé. De repente, surge un título en mi mente. ¡Me asusta, porque no sé adónde esto me lleva! En esta caso, el título era: El adiós a Dios. Escribí este texto con temor y temblando, ignorando a qué me llevaba esto. Comencé con la primera frase. A partir de ahí fui guiado, de palabra en palabra, sin saber a dónde. Al final, se reveló ser un texto sobre el adiós al Dios de los muertos.

En Domingo Santo, hablé sobre el tema a más de 250 participantes en el curso, sin referirme a nada concreto del texto. Me atreví a decir que, para nosotros en Semana Santa, se trata sobre todo de nuestra resurrección de la tumba de Dios, de la tumba de aquel Dios que nos atrae hacia los muertos y se manifiesta, a pesar de todo lo que se afirma, como el Dios de los muertos.

¿Qué pasó luego? Pregunté quién tenía un asunto para ver conmigo, por el cual podría buscar una solución. Muchos alzaron la mano. Escogí a uno de ellos, guiado por un movimiento interno, alguien que no conocía y del que ignoraba todo.

Él me dijo unas generalidades con las que no pude empezar nada. Le propuse pues, constelarse. En aquel momento me vino la idea de posar en el suelo, delante de él, una alfombra enrollada y pedirle pasar por encima.

Con pasos cortos y suma lentitud, se acercó a la alfombra como si fuera una frontera que no se atrevía a traspasar. Se quedó parado a cierta distancia de ella, ojeándola cada dos por tres. Le dije de mirar más allá a lo lejos, por encima de ella. Apenas lo consiguió. En cambio, se arrodilló ante la alfombra. De repente se mi hizo obvio que para él, esta alfombra representaba a un muerto, sobre el cual no se atrevía a dar un paso. Se lo dije.

Le pedí que se pusiera de pie y que diera unos pasos más allá de la alfombra, hacia su futuro. Cuando finalmente lo logró, dio un suspiro hondo. Le pregunté cómo le iba, respondió que muy bien. Lo mandé de regreso a su silla.

Más tarde me enteré de que era cirujano y de que uno de sus compañeros, que acababa de operar, se había muerto en la camilla del quirófano. Desde aquel momento, su vida había cambiado, no conseguía superar este fallecimiento.

Su mujer, presente, comentó más tarde que desde la constelación, él estaba como resucitado de entre los muertos.

El texto que había escrito, en la mañana de aquel día, me preparó para la resurrección de entre los muertos, de una manera que no me podía imaginar. Tanto yo mismo como los participantes, fuimos preparados a una experiencia en la que nos sentimos guiados por otras fuerzas, al servicio de la vida, y esta experiencia deshizo las muchas imágenes viejas de Dios que llevábamos, permitiéndonos levantarnos de entre los muertos, pasando del Dios de los muertos al Dios vivo que afirma:”Mirad, lo hago todo nuevo”.

Casi todos los textos de este libro nacieron de esta forma. Todos estaban en relación con un actuar a la espera, sin que supiera porqué y adónde dirigirlo, todos con una base concreta en la vida. Esto se reveló luego, al tener que pisar nuevos caminos.

Estos textos fueron para mí un regalo del espíritu, al servicio del que me sentía llevado, al servicio de la vida y del amor para todos. Podéis leer cada uno de ellos como si os abarcara en este movimiento sanador para vosotros y aquellos que tenéis cerca.

Bert Hellinger

Crisis

Una crisis nos avisa: ahora se vuelve peligroso. Nos obliga a la prudencia, la prudencia hacia el exterior cuando se trata de nuestra sobre vivencia.

¿Cómo acabamos en una crisis? Cuando nos hemos propuesto demasiado, cuando hemos querido alcanzar más de lo que las circunstancias y nuestras fuerzas nos permitían. A veces nos golpea, junto con muchos otros, porque nos hemos pasado. Lo contrario acontece también, cuando otros se han propuesto más de la cuenta, y han traspasado sus límites. Entonces, nos acaecen igualmente las consecuencias de su comportamiento, tanto como otros sufren de las nuestras.

A veces, una crisis se extiende a muchos pueblos, como por ejemplo una crisis económica. Tales crisis nos obligan a modificar nuestro pensamiento. Nos intiman: ¡hasta aquí y no más lejos! Nos indican nuestras fronteras y nos obligan a la prudencia. Nos mandan efectuar otras acciones, nos imponen cambios rápidos para escapar de ser arrollados, juntos con los demás. Despiertan fuerzas frescas, exigiendo más de nosotros y dándonos la posibilidad de hacer recortes, que sólo son posibles y aguantables gracias a ellas.

Al superar estas crisis, seguimos adelante con más sabiduría, más perspicacia, más perspectiva, más respeto. Ellas van sujetando juntas las fuerzas que antes se dispersaban, vinculando así aquellas que anteriormente partían cada cual por su propio camino. En este sentido, las crisis vienen para muchos como una bendición, a pesar de su precio alto.

¿Cómo evitar estas crisis? ¿Cómo evitar las pequeñas crisis en nuestro entorno más próximo, en nuestras relaciones?

Primero, gracias al respeto. Respetamos el bien de aquel que nuestro actuar puede tanto servir como dañar. Nos acercamos al resultado que buscamos alcanzar de manera que tanto nuestra integridad como la del otro sea respetada y cuidada. Si con todo, topamos con una crisis, el otro se hará nuestro aliado, ayudándonos a superarla, cargando voluntariamente con su parte, de camino hacia una solución de la crisis.

Generalmente, una crisis se da por la transgresión de los órdenes del amor, por ignorarlos. Por lo tanto, lo que complementa el respetar es la capacidad de reconocer estos órdenes y seguirlos. ¿Cuáles son? Son todos los órdenes del amor. Empiezo aquí con los que mejor conocemos.

El primer orden es el equilibrio entre dar y recibir. Las empresas alcanzan el éxito cuando todos los que logran una ganancia sirven a otros con ella, en primer lugar a los que la han hecho posible con su ayuda y esfuerzo. Aquellos deben recibir su parte de la ganancia.

El segundo orden es la inclusión de aquellos que no fueron honrados o que fueron despojados de su ganancia resultando, de esta manera, excluidos. Es el orden de la totalidad, a la que todos los que la componen y la constituyen, deben pertenecer, siendo reconocidos en lugar de defraudados.

El tercer orden, y en muchos respectos el más decisivo, es la comprensión de que cada miembro de un grupo o de una empresa ocupa un sitio propio del que nadie lo puede echar. Este orden establece quién viene primero y quiénes o qué ocupan el segundo sitio. “Primero” significa literalmente “el primero en el tiempo”. Así, los padres están antes que los hijos, el fundador de una empresa está antes que todos sus colaboradores, el primer producto de una empresa está antes que los que llegan después. En una fusión de empresas, la más antigua y asentada viene antes que la más nueva, inclusive el contexto al que lleva.

Este orden de precedencia vale también dentro de la empresa, en función de la aportación que los individuos realizan. De ahí que la idea conceptual y la planificación vienen en primer lugar. Siguen los colaboradores que la concretizan. Y luego, aquellos a los que sirven. Sólo después, aquellos que ulteriormente se juntan a ella, de una manera u otra.

La infracción de este orden lleva a consecuencias de amplio alcance, pudiendo resultar en una quiebra. La pregunta es: ¿Cómo manejamos estos órdenes en nuestras relaciones? ¿Cómo, gracias a nuestra comprensión, evitar los efectos nefastos?

Para empezar, nos quedamos abajo, sin alzarnos por encima de nada. Respetamos el rango del que está antes que nosotros, sobretodo el rango de nuestros padres.

A continuación, concedemos a cada uno el sitio que le corresponde. Por ejemplo, en una pareja, la igualdad de rango del otro con nosotros. En tercer lugar, nos mantenemos en el intercambio gracias al dar y recibir, de manera a incrementarlo, siempre un poco más. Así, logramos en nuestras relaciones la mayor plenitud posible.

Crisis del amor son crisis de los órdenes. Traemos el orden de vuelta, con respeto, incluso renunciando a algo, renunciando con amor. Permanecemos abajo y a la vez grande, sirviendo y tomando, deferente hacia los iguales, generoso y exigente a la vez. Con amor y aplicando el orden nosotros y con muchos otros, humanamente, con toda comprensión.

Bert Hellinger