Cuando repetir se siente más seguro que cambiar

Compartir es dar amor!

Hay cosas que sabemos que no nos hacen bien y, aun así, volvemos a ellas.

Elegimos una pareja parecida a la anterior. Nos metemos otra vez en un trabajo que nos agota. Repetimos la misma discusión. Postergamos justo esa decisión que podría cambiar algo importante.

Y después nos preguntamos:

“¿Por qué hago siempre lo mismo?”

La respuesta no siempre tiene que ver con falta de voluntad.

A veces repetimos porque lo conocido, aunque duela, se siente más seguro que lo nuevo.

Eso puede sonar extraño.

¿Cómo va a ser más seguro algo que nos hace sufrir?

Porque seguro no siempre significa bueno.

A veces significa simplemente familiar.

Lo conocido tiene una fuerza enorme

Aprendemos muy temprano cómo son los vínculos.

Cómo se ama.

Cómo se discute.

Qué pasa cuando alguien se enoja.

Quién cede.

Quién manda.

Quién sostiene a quién.

Qué se hace con el dinero.

Qué lugar ocupa el trabajo.

Qué tan permitido está disfrutar.

Todo eso se va volviendo paisaje.

No pensamos demasiado en ello. Es “como son las cosas”.

Después crecemos y empezamos a elegir.

O creemos que elegimos.

Y muchas veces descubrimos que aquello que nos atrae, aquello que toleramos o incluso aquello que rechazamos con más fuerza tiene bastante relación con lo que conocemos de antes.

Una persona que creció en un ambiente donde el amor estaba mezclado con distancia emocional puede sentirse extrañamente incómoda frente a alguien disponible.

No porque no quiera una relación sana.

Porque quizá no sepa qué hacer con tanta tranquilidad.

Alguien que creció en una familia donde todo se conseguía con esfuerzo puede desconfiar cuando algo llega con facilidad.

“Seguro que algo raro hay.”

Y cuando no aparece ningún problema, a veces terminamos fabricando uno. Somos bastante creativos para eso.

Lo nuevo puede ser deseable y, al mismo tiempo, profundamente desconcertante.

Repetir también puede ser una forma de pertenecer

Desde la mirada de las Constelaciones Familiares, algunas repeticiones pueden entenderse como movimientos de fidelidad hacia el sistema familiar.

No porque alguien decida conscientemente copiar el destino de otro.

No suele funcionar así.

Puede parecerse más a una sensación interna de:

“Yo soy uno de ustedes.”

Y, a veces, pertenecer se confunde con parecerse.

Si en mi familia las parejas fueron conflictivas, construir una relación tranquila puede sentirse raro.

Si todos vivieron preocupados por el dinero, prosperar puede despertar culpa.

Si los hombres de la familia trabajaron hasta agotarse, descansar puede parecer pereza.

Si las mujeres aprendieron a sostener a todo el mundo, poner límites puede sentirse egoísta.

Entonces repetimos cosas que incluso juramos que jamás repetiríamos.

Y ahí suele aparecer una de esas ironías poco graciosas de la vida.

La persona que dice:

“Yo nunca voy a ser como mi padre”

puede pasar años organizando su vida alrededor de no parecerse a él.

Pero sigue girando alrededor de él.

Repetir y hacer exactamente lo contrario pueden ser dos maneras distintas de continuar atados a la misma historia.

Cambiar de verdad requiere otra cosa.

Poder mirar hacia atrás sin necesidad de copiar ni combatir.

Decir:

“Esto fue así.”

“Los veo.”

“Los respeto.”

“Y yo puedo hacerlo de otra manera.”

Parece sencillo escrito en una página.

En la vida real puede llevar bastante más trabajo.

Porque lo nuevo no trae garantías.

Cambiar también significa tolerar no saber

Hay un momento incómodo cuando dejamos un patrón conocido.

Todavía no sabemos vivir de otra manera.

Si una persona siempre resolvió todo sola y empieza a pedir ayuda, al principio puede sentirse torpe.

Si alguien acostumbrado a relaciones intensas encuentra una pareja tranquila, quizás confunda paz con aburrimiento.

Si toda la vida trabajamos bajo presión, un ritmo más sano puede producir una sensación extraña de improductividad.

Incluso podemos extrañar aquello que nos hacía daño.

Eso no significa que debamos volver.

Significa que nuestro sistema interno reconoce lo conocido antes que lo saludable.

Cambiar implica atravesar durante un tiempo una zona donde lo viejo ya no sirve y lo nuevo todavía no se siente propio.

Y ahí aparece una tentación bastante humana:

volver a lo anterior.

No porque sea mejor.

Porque sabemos cómo funciona.

Las Constelaciones Familiares pueden ofrecer una forma de mirar esas repeticiones sin convertirlas automáticamente en culpa o defecto personal.

La pregunta deja de ser solamente:

“¿Qué me pasa que vuelvo a hacer esto?”

Y puede transformarse en:

“¿Qué estoy intentando conservar?”

Quizás una pertenencia.

Quizás una imagen de amor.

Quizás una manera de ser fiel.

Quizás simplemente una forma de vida que conocemos desde siempre.

Entonces podemos empezar a distinguir.

Esto pertenece a mi historia.

Esto aprendí.

Esto respeto.

Y esto ya no necesito repetirlo.

No hace falta rechazar a nuestra familia para vivir diferente.

Tampoco necesitamos demostrar que ellos estaban equivocados.

Podemos reconocer que hicieron lo que pudieron con las herramientas y las circunstancias que tenían.

Y nosotros tenemos otras.

Quizás el movimiento interior pueda ser algo así:

“Queridos padres, queridos antepasados, tomo de ustedes la vida.”

“Honro lo que vivieron.”

“No necesito repetir su destino para pertenecer.”

“Ahora voy a descubrir cuál es mi manera.”

Cambiar puede dar miedo.

Lo conocido siempre tiene una ventaja: ya sabemos cómo termina.

Lo nuevo no.

Pero llega un momento en que la seguridad de repetir empieza a costarnos demasiado.

Y ahí quizá podamos hacer algo distinto.

No algo enorme.

No convertirnos en otra persona de un día para otro.

Sólo dar un paso que antes no dábamos.

Elegir una conversación diferente.

Aceptar ayuda.

Quedarnos en una relación tranquila sin salir corriendo.

Cobrar lo que nuestro trabajo vale.

Descansar sin justificarnos.

Decir que no.

Decir que sí.

Y observar qué pasa.

A veces la libertad no empieza cuando dejamos atrás nuestra historia.

Empieza cuando podemos mirarla, agradecer lo recibido y permitirnos no repetirla.

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