Cuando cargamos lo que no nos corresponde

Compartir es dar amor!

A veces creemos que amar significa ayudar, sostener, proteger o incluso sufrir por aquellos que amamos.

Y, sin embargo, desde la mirada de las Constelaciones Familiares, muchas veces aquello que hacemos por amor termina desordenándonos.

Un hijo que intenta salvar a su madre.
Una hija que se convierte en confidente de su padre.
Alguien que siente que debe reparar una injusticia ocurrida mucho antes de que naciera.
Una persona que no se permite vivir mejor que sus padres.
Un hermano que permanece atado al destino difícil de otro hermano.

Detrás de estos movimientos suele haber amor.

Pero no siempre un amor que ayuda.

El amor también necesita un orden

Bert Hellinger observó que en los sistemas familiares existen determinados órdenes que favorecen que el amor pueda fluir con mayor fuerza.

Uno de ellos tiene que ver con el lugar.

Los padres son los grandes y los hijos son los pequeños. Los primeros llegaron antes y dieron algo que los hijos nunca podrán devolver en la misma medida: la vida.

Cuando un hijo intenta hacerse cargo emocionalmente de alguno de sus padres, esta relación puede invertirse.

El pequeño intenta convertirse en grande.

Puede hacerlo de muchas maneras.

Intentando que mamá sea feliz.
Tratando de evitar que papá sufra.
Mediando entre los padres.
Ocupando el lugar de una pareja ausente.
Haciendo propia una preocupación económica que corresponde a los adultos.

El niño no piensa conscientemente: “Voy a ocupar el lugar de un adulto”.

Simplemente ama.

Y desde ese amor puede aparecer un movimiento interior parecido a:

“Yo lo haré por vos.”

O incluso:

“Prefiero sufrir yo antes que verte sufrir.”

Dentro de la lógica sistémica de las Constelaciones Familiares, este movimiento suele denominarse amor ciego.

Es amor porque nace de la pertenencia y del vínculo.

Es ciego porque no reconoce los límites ni el orden.

“Por vos”

Hay personas que llegan a la vida adulta acostumbradas a hacerse cargo de todo.

Resuelven.

Sostienen.

Ayudan.

Organizan.

Se anticipan a las necesidades de los demás.

Y muchas veces sienten una enorme dificultad para recibir.

Pedir ayuda puede resultarles incómodo. Descansar puede producirles culpa. Elegirse a sí mismos puede sentirse egoísta.

Entonces aparece una pregunta interesante:

¿A quién intenté cuidar antes de tiempo?

No es una pregunta para buscar culpables.

Tampoco significa que todo comportamiento adulto pueda explicarse por una dinámica familiar.

Es simplemente una posibilidad de observación.

Porque algunas personas aprendieron muy temprano que tenían que ser fuertes.

Quizás hubo enfermedad.

Una separación.

Una pérdida.

Dificultades económicas.

Un padre emocionalmente ausente.

Una madre sobrepasada.

O simplemente circunstancias en las que un niño interpretó que debía colaborar para que todo estuviera bien.

Y ese movimiento, que alguna vez pudo ayudarlo a pertenecer o sentirse seguro, puede continuar muchos años después.

Devolver no significa rechazar

Cuando en una Constelación Familiar aparece una carga que parece pertenecer a otra persona del sistema, el movimiento no consiste en rechazarla.

No se trata de decir:

“Este problema es tuyo, arreglate”.

Ese sería simplemente otro extremo.

El movimiento busca algo diferente.

Reconocer.

Mirar.

Respetar.

Y dejar con el otro aquello que forma parte de su destino.

Interiormente podría expresarse así:

“Te veo.”

“Veo lo que te ocurrió.”

“Honro tu destino.”

“Y dejo contigo lo que te pertenece.”

Esto requiere humildad.

Porque a veces creemos que cargar con alguien demuestra cuánto lo amamos.

Pero también puede esconder una idea mucho más profunda:

que nosotros podríamos hacerlo mejor.

Que podríamos salvarlo.

Que podríamos evitarle su destino.

Desde la perspectiva sistémica, soltar esa carga implica reconocer algo difícil:

el otro es grande para su propio destino.

Y nosotros somos pequeños frente a él.

Tomar a los padres

En el trabajo de Constelaciones Familiares aparece repetidamente otro movimiento: tomar a los padres tal como son.

No como hubiéramos querido que fueran.

No como creemos que deberían haber sido.

Tal como fueron.

Esto no significa justificar violencia, abandono, abuso o daño.

Aceptar que algo ocurrió no significa decir que estuvo bien.

Significa dejar de discutir interiormente con un hecho que ya pertenece al pasado.

Nuestros padres también recibieron una historia.

Tuvieron padres.

Y esos padres tuvieron otros padres.

Cada generación recibió determinadas posibilidades y determinados límites.

Podemos comprender esa historia sin convertirnos en responsables de repararla.

Entonces el movimiento cambia.

Ya no es:

“Tengo que solucionar lo que ustedes no pudieron.”

Puede transformarse en:

“Gracias por la vida. Lo demás lo dejo con ustedes.”

Y después:

“Ahora haré algo bueno con lo que recibí.”

Vivir también puede ser una forma de honrar

Existe una manera muy frecuente de fidelidad familiar: parecernos a quienes amamos también en aquello que les hizo daño.

Si ellos sufrieron, sentir culpa cuando nosotros estamos bien.

Si tuvieron poco, desconfiar de nuestra propia prosperidad.

Si no pudieron estudiar, desarrollar una profesión o construir una pareja satisfactoria, sentir inconscientemente que ir más lejos significa alejarnos de ellos.

Pero honrar a quienes vinieron antes no necesariamente significa repetirlos.

Quizás sea exactamente lo contrario.

Recibir lo que pudieron dar y utilizarlo para avanzar.

Imaginar a nuestros padres y antepasados detrás.

No empujándonos hacia el pasado.

Sino sosteniendo, simbólicamente, la vida que llegó hasta nosotros.

Ellos atrás.

Nosotros delante.

Y delante de nosotros, nuestro propio camino.

Entonces puede aparecer una frase diferente:

“Queridos padres, queridos ancestros: ustedes hicieron lo que pudieron con la vida que recibieron. Yo recibo la mía y ahora haré algo bueno con ella.”

Hay cargas que se alivian cuando dejamos de luchar contra ellas.

Y hay otras que empiezan a perder peso cuando comprendemos que nunca fueron nuestras.

Amar no siempre significa cargar.

A veces, amar profundamente significa mirar al otro con respeto, dejarle su destino y ocupar plenamente nuestro propio lugar.

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