La felicidad total

¿Por qué puedo decirle a mi compañero: “Te amo como tú eres, exactamente como tú eres”? Porque primeramente se lo dije a mi madre -recién entonces- y a mi padre. Ahora regresemos una vez más a la madre y el padre. Miramos a la madre y decimos: “Te quiero como tú eres, exactamente como tú eres. Así como eres, eres la adecuada para mí. La mayor gracia que Dios me ha concedido son ustedes. El mayor amor que Dios me ha concedido son ustedes. Los amo así como ustedes son, incluso con todo lo que eso le ha exigido a mi vida. Allí he crecido, allí he crecido en mi amor”. Vuelvo a mirar a mi pareja. Con la madre y el padre en el corazón miramos a nuestro compañero y le decimos: “Sí. Así como eres, eres perfecto para mí”. Gracias a que de esa manera entramos en contacto con nuestra madre y nuestro padre, podemos también decirle a nuestra pareja: “Quiero a tu madre tal como ella es, exactamente como ella es. Y quiero a tu padre tal como él es, exactamente como él es”. ¿Cómo se siente entonces nuestro compañero? Él se siente en casa, realmente en casa. Y cuando él nos lo dice, somos nosotros quienes junto a él nos sentimos en casa. ¿Qué es entonces lo que se opone a la felicidad? Nada. Esa felicidad continúa su marcha. Cada día estará más llena y será más.

Un poco más

A veces me lo imagino. Hay una pareja y ellos están juntos en la cama. Él se despierta primero, mira a su mujer y se alegra, simplemente eso. Luego se despierta ella y ve como él se alegra y entonces ella comienza a alegrarse de él. Así se inicia un día feliz. Una y otra vez él le echa un vistazo, ve lo que ella hace ¡ah, otra vez ella ha hecho algo bello! y vuelve a alegrarse. Ella vuelve ocasionalmente la vista hacia él, se pregunta que ha hecho él ahora y se alegra. Así crece la felicidad de la mañana a la noche. Por la noche ellos caen cansados en la cama y a la mañana siguiente todo recomenzará. No de la misma manera, sino cada vez un poco más, un poco más, un poco más. Este es el secreto de la relación de pareja: siempre un poco más. Cierren otra vez los ojos. Miramos a nuestro compañero y detrás de nosotros sentimos a nuestra madre. La honramos como nuestra madre, con su destino, con aquello que ella ha vivido, con aquello por lo que ella tal vez se sintió culpable y le decimos: “Tú siempre serás mi madre”. Entonces nos volvemos hacia nuestra pareja sabiendo que nuestra madre está detrás de nosotros tal como ella es, y que el amor que nosotros recibimos de ella ahora fluye hacia nuestro compañero, fluye y trasciende.

Bert Hellinger

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